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Freak show

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Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.

25 de octubre de 2016

Muy pocos analistas políticos se atreven a cuestionar la idea de que Donald Trump, como político candidato del gran y viejo Partido Republicano, es una creación de los medios. Y –no me malinterpreten- esto no quiere decir que sea el resultado de un proceso conspirativo en el que los mass media crearon y pusieron en el escenario a su títere. No. Lo que pretendo exponer, aunque quizá muchos de ustedes ya lo saben, es que el bufón racista y machista que hoy tiene contra las cuerdas al establecimiento conservador no estaría donde está si su país no fuera un ávido consumidor de espectáculo chatarra.

The Donald, como ridículamente se hace llamar desde la década de 1980 y como, incluso, se refiere a sí mismo usando la detestable tercera persona, es un escalador de popularidad a punta de sorpresa, arbitrariedad y escándalo.

Desde su lanzamiento oficial como candidato-agitador de masas, cuando sorprendió con su ridícula propuesta del muro para frenar latinos pagado por México, pasando por los videos en los que se jacta de manosear mujeres impunemente gracias a su fama, hasta llegar a los desafortunados dichos de #badhombre y #nastywomen utilizados en el último debate presidencial; el republicano construyó una caricatura de sí mismo que se sostiene únicamente con los valores trocados de una sociedad ahogada en superficialidad y consumo.

Trump es el hombre fenómeno de ese circo decadente en el que se convirtieron las presidenciales gringas. Al principio se mostraba al público con gritos de burla y fanfarrias pero la exposición en las funciones de mañana, tarde y noche, lo transformaron en la estrella de la función. Un golpe de estado promovido por la alabanza a la estupidez.

La carcajada por el insulto de las primeras horas, que se disfrazaba de chiste o incorrección política, pasó rápidamente al llanto por la ofensa sin tapujos, la promesa de acción sin límites y el nacionalismo exacerbado. Ahora resulta cierta la posibilidad de que la locura deje de ser la excepción y pase a ser la regla.

Y la verdad es que para un alto número de los votantes en el norte la burla resultaba graciosa mientras recaía en las minorías, los diferentes, los excluidos, los otros. Pero la angustia empezó a ganar espacio cuando el dedo difamador los señaló a todos por igual. Porque el freak de esta función no deja títere con cabeza.