Columnistas

Frente al mar un ser humano

03 de julio de 2016

No recuerdo la primera vez que vi el mar. Crecí en el Caribe y su presencia es como el cielo, como los árboles, como las ranas después de la lluvia. Es parte de mi paisaje, de los códigos de mis ojos y de mi piel. El mar me gusta. El mar también me pone -melancólica. No sé si es porque sus dimensiones me hacen sentir infinitamente pequeña. Frente a las olas me he puesto a pensar en la inmensidad del universo y no dejo de preguntarme qué somos. A veces nos creemos trascendentales, pero en realidad somos ínfimos. Quizás me embarga la nostalgia porque nadie goza el mar como un niño, y como mientras iba creciendo el mar y la arena eran un par de juguetes más, me duele al pensar que la infancia ya se ha ido. Que me queda de ella nada más lo que retiene la memoria y que lo que toca es acompañar a mis hijos en la suya. Que ahí también me incrustaré, con mi forma de abrir el agua para sacar la cabeza al nadar, con los movimientos de las manos para excavar en la arena un hueco que nos lleve hasta la China. Las olas me recuerdan que somos efímeros, pero la belleza de los colores, la sensación del agua que va y viene arropándome los tobillos me hace pensar que somos aquí y ahora.

Definir qué somos puede ser tan complicado como definir el mar. Más allá de las precisiones de un diccionario están las indefiniciones del alma. Aquello que la ciencia no puede tocar y que exige tanta filosofía, pero el oficio de pensador se ha devaluado en términos prácticos. No paga cuentas, ni gana seguidores, no es sexy, ni rentable y tiene efectos secundarios más peligrosos que el ansiolítico de moda. Lo triste de no pensarse es la oportunidad perdida de tomar conciencia de la vida. Es terrible tener que enfrentar que somos transitorios, que este planeta es una nave en la que somos los pasajeros que van de permiso a recorrerla brevemente. Causa más nostalgia aún pensar que a medida que ese recorrido va ocurriendo, van quedando atrás tantas cosas acumuladas entre una capa profunda de la piel y un lugar que comienza por el lado izquierdo del pecho. En lo Hondo, donde se desborda el desengaño y donde se ensancha el beso. Pero si lo hacemos nos perdemos la vida misma.

Un día. Entre tareas cotidianas: Montar un café. Atender el teléfono. Dar un feliz cumpleaños. Hacer una lista de pendientes. Llamar a un banco. Tender la cama. Lavarse los dientes. Una sala de esperas. Una conversación trivial. Un mar. Ahí ocurrimos. Somos ese domingo largo y lo que se aprende de golpe como el fuego, el proceso de amarrarse los zapatos o lo que cuesta un abrazo, que no sabes su valor hasta que tienes que desprenderte de los huesos que han sido tu tabla de salvación, tu portaviones. La presencia que te dio algo que no puedes articular con palabras y que tienes que dejar ir porque la vida es un gran mar.

Frente a la fosa de lo que llamamos nuestro alguna vez, solo nos queda una presencia tranquila. Al bajar por el tobogán de la buena etapa. Al subir la pendiente de la dureza de la vida. Ahí nos hacemos.

El llanto, la risa, el golpe, la paso, la huida, el recuerdo, el momento, el salto, la mirada, el tacto, el sabor, la inspiración, el acto, el verbo: amar, correr, trazar, alcanzar, despertar, respirar. El cielo entrando por la ventana. El primer paso del día. El agotamiento del desvelo. Las ojeras, la risa, la esperanza, todo eso en un amasijo de latidos, órganos, animal en su parte bestia y otra parte indefinible que apuesta por la eternidad y una grandeza que a veces parece estar en la simpleza de un grano de arena y otras en ese lugar que está más allá del horizonte. El terrestre. Luego el cósmico. Un lugar inalcanzable. Eso. Eso que soy. Que somos. Indefinible. Destructible. Bendito y maldito. La sal en la piel. Las olas permeando hasta los huesos. Los latidos también un vaivén. Una estatua de recuerdos. Una presencia. Como un edificio. Allí. Frente al mar. Agua, sal, fuerza de gravedad y un humano.