FUENTE DE FELICIDAD
A pesar de “el último día de la guerra”, celebrado con gran alborozo hace muy poco, Colombia parece condenada a no tener paz ni tranquilidad.
Un paro camionero de cuarenta y seis días con sus noches que nos dejó los bolsillos desangrados, la carestía al límite de lo imposible y las estanterías medio vacías. Un plebiscito por la paz que nos desune. Un referendo para reversar la adopción de niños por parte de parejas homosexuales que también nos desune. La corrupción que no cesa y el cinismo de los implicados en ella, entre otros aderezos, hacen del nuestro un país vulnerable. Se atropella al ciudadano, al campesinado trabajador y a los empresarios honrados hasta con los camiones parados.
En contraposición a tantas cosas malucas que nos pasan a los colombianos en el día a día, de alguna parte sale siempre un deportista dispuesto a quitarle la cintilla negra a la bandera patria para cambiarla por una de color verde esperanza que nos devuelve la alegría, así sea por un rato.
Los logros de nuestros deportistas son como gotas de pasiflora que nos ayudan a recuperar la felicidad que perdemos en otros espacios. ¿Quién no se ha reivindicado con la bandera y el himno (sin cambios aunque sea feo, gracias) viendo las hazañas de nuestros ciclistas por el mundo? ¿Quién no goza con los logros, y sufre también con las derrotas, de nuestros futbolistas internacionales? ¿Algo más emocionante que un hincha de corazón vestido con la camiseta de sus amores cantándole a su equipo del alma, aguada la mirada y la voz trémula? Bien sea frente a una pantalla o en una tribuna, sienten una pasión que ni ellos mismos son capaces de explicar.
Por eso cuando veo a los hinchas de Medellín celebrar el campeonato y a los de Nacional a tres días de una segunda Copa Libertadores, entiendo lo que se desahoga en un grito de gol que ha esperado su turno en la garganta: La felicidad transitoria, efímera, que al final, para muchos, solo queda en las estadísticas de un juego de fútbol, pero que ayuda a equilibrar el desánimo que nos produce la realidad colombiana.
Nada me une al gobernador Luis Pérez, y nada es nada, pero hace unos meses lanzó una idea interesante: Decretar un impuesto a los licores para apoyar a los deportistas. De por sí, el nuestro ya es un Estado cantinero, de modo que si no hay otra opción más sobria bienvenido sea un gravamen que le garantice al país la posibilidad de ver a sus deportistas compitiendo y triunfando por el mundo.
No tiene precio la sonrisa perfecta de Caterine Ibargüen después de sus saltos tan largos que parecen imposibles; ni la de Mariana Pajón después de sus acrobacias en bicicleta, ni la de cualquiera de los más de 100 participantes colombianos que en diversos deportes y disciplinas dejarán hasta la piel en los Olímpicos de Río 2016, y a quienes deseamos, más que éxitos, muchas medallas.
“Más rápido, más alto, más fuerte”. Vayan con sus sueños, su bandera, su uniforme y todos sus entrenamientos a cuestas. Y vuelvan cargados de antídotos contra el desánimo, las rabietas y las preocupaciones diarias de este realismo trágico en el que solemos vivir los colombianos.