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FUI AMABLE CON NIKOLAS CRUZ Y DE TODAS FORMAS MATÓ A MIS AMIGOS

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02 de abril de 2018

Por Isabelle Robinson *
redaccion@elcolombiano.com.co

Mi primera interacción con Nikolas Cruz sucedió cuando yo estaba en séptimo grado. Estaba almorzando con mis amigos, probablemente discutiendo One Direction o Ed Sheeran, cuando un dolor repentino consumió mi espalda baja. La fuerza del golpe dejó sin aire a mi cuerpo de 90 libras; las lágrimas me picaron los ojos. Me volteé y lo vi, sonriendo. Nunca había visto a este chico antes, pero nunca olvidaría su cara. Sus ojos se iluminaron con una alegría enfermiza y retorcida al verme llorar.

La manzana que había lanzado contra mi espalda rodó lentamente por el suelo. Una ayudante de la cafetería corrió a preguntarme si estaba bien. No recuerdo si él fue confrontado por sus acciones, pero en mi ingenuidad de 12 años, confié en que los adultos a mi alrededor le darían manejo a la situación.

Cinco años después, luego de esconderme en un clóset oscuro en Marjory Stoneman Douglas High School, me daría cuenta de lo equivocada que estaba.

No estoy escribiendo esta pieza para difamar a Cruz más de lo que ya ha sido. Tengo fe en que la historia lo condenará por sus crímenes. Estoy escribiendo esto debido a la inquietante cantidad de comentarios que he leído que dicen algo como esto: “tal vez si los compañeros de clase de Cruz hubieran sido un poco más amables con él, esta tragedia nunca hubiera ocurrido”.

Este sentimiento profundamente peligroso, expresado bajo el hashtag #WalkUpNotOut, implica que los actos de violencia escolar se pueden detener si los estudiantes hacen amistad con compañeros perturbados y potencialmente peligrosos. La idea de que tenemos la culpa, incluso implícita, de los asesinatos de nuestros amigos y maestros es una bofetada a todas las víctimas y sobrevivientes de Marjory Stoneman Douglas.

Un año después de que fui asaltada por Cruz, fui asignada a ser tutora suya por medio del programa de asesoría de compañeros de mi colegio. Ser consejera fue mi primera responsabilidad verdadera, mi primer vistazo de la adultez, y lo tomé muy en serio.

A pesar de mi incomodidad creciente, me senté con él, sola. Me vi obligada a soportar que me maldijera y mirara fijamente mi pecho hasta que terminara el período de clase de una hora. Cuando terminé, sentí un gran orgullo por haber organizado su carpeta y ayudarle con su tarea.

Mirando hacia atrás, estoy horrorizada. Ahora entiendo que me dejaron, sin ayuda, con un estudiante que tenía una historia conocida de ira y brutalidad.

Como muchas niñas adolescentes y preadolescentes, yo poseía, y hasta cierto punto aún poseo, un fuerte deseo de complacer. Me esfuerzo por ganar los elogios de los adultos en mi vida y deseo ser vista como madura más allá de mis años. Hubiera hecho casi cualquier cosa para ganar la aprobación de mis profesores.

Esto no quiere decir que los niños deben rechazar a sus compañeros más inadecuados socialmente o aislados -para nada. Como exasesora de compañeros y actual asistente de profesores, creo firmemente y he visto los beneficios de extender una mano a quienes más necesitan amabilidad. Pero no se debe esperar que los estudiantes curen los males de nuestros compañeros realmente atribulados, o incluso nuestros amigos, porque primero vamos a la escuela a aprender. La implicación de que los asuntos de salud mental de Cruz podrían haber sido resueltos si sólo hubiera sido amado más por sus compañeros es tanto una gran incomprensión de cómo estas enfermedades funcionan y una sugerencia peligrosa que pone a los niños en la primera línea.

No es obligación de niños hacerse amigos de compañeros que han demostrado tendencias agresivas, impredecibles o violentas. Es la responsabilidad de la administración del colegio y el departamento de asesoría señalar a estos estudiantes y conseguir la ayuda que necesitan, incluso si es atención especializada que no puede ser brindada en la misma institución. Ninguna cantidad de amabilidad o compasión por sí sola habría cambiado a la persona que Cruz es y era, o las horrendas acciones que perpetró. Esa es una disculpa débil para las fallas de nuestro sistema escolar, nuestro gobierno y nuestras leyes de armas.

Mi hermanita ahora tiene la edad que yo tenía cuando me dejaron sola con Cruz, ansiosa e indefensa. La idea de que ella se encuentre en la misma situación que yo viví me llena de ira. Espero que ella nunca conozca el miedo al que yo me he acostumbrado tanto en el último mes: el ruido inesperado más simple hace que mi garganta se apriete y los vellos del cuello se me encrespen. Le ruego que confíe en su instinto cada vez que se sienta insegura. Y exijo que los adultos en su vida la protejan.

* Estudiante de último año de bachillerato en Marjory Stoneman Douglas High School.