GATEANDO HACIA LA INCLUSIÓN
Un informe publicado en este diario hace unos días acerca de algunas empresas entre públicas y privadas que están comprometidas con la inclusión, me recordó la historia de José David Restrepo García, un empleado de Servicios Administrativos del municipio de Medellín que se desempeñó con lujo de competencia en la segunda mitad del siglo pasado, según una crónica del señor Germán Suárez Escudero, cartógrafo e historiador.
José David, más conocido como David, a secas, hizo parte de los personajes típicos de la Medellín de ayer.
“Siempre descalzo por tener daños congénitos en los pies, tenía un asombroso dominio de su personalidad; en su rostro se dibujaba el don de la amabilidad, siempre respaldado por el espíritu de servicio sin contraprestaciones. Por su dificultad para el estudio lo llevaron a la escuela especial Tomás Cadavid Restrepo, donde apenas aprendió a garrapatear su nombre, el número de su cédula y el teléfono de su casa. Y con este exiguo capital, entró como mensajero de una salsamentaria muy frecuentada por el doctor Jorge Restrepo Uribe, en Boyacá con Junín, donde se ufanaba de ganarse la simpatía y confianza de todos los clientes. Cualquier día llegó un policía muy serio, preguntó por David y dijo que lo necesitaban en la Alcaldía, que por favor lo acompañara. Creyendo que se trataba de alguna acusación o de algún otro problema, el administrador de la salsamentaría despidió a David ofreciéndole declarar a su favor si era necesario. Llegados al palacio municipal que hoy es Museo de Antioquia, David fue recibido por el doctor Restrepo Uribe, recién posesionado como alcalde de Medellín, quien le pidió, sabiendo que no sabía leer ni escribir, que trabajara con él en su gabinete. Desde entonces, David fue el hombre de confianza de todas las dependencias de la administración, con el privilegio de llegar directamente, sin hacer fila o esperar turno, a la gerencia o dirección que necesitaba, y si no lo atendían inmediatamente, decía a viva voz que no iba a “tolerar alcahuetería”.
También allí, David se ganó la confianza, el cariño y respeto de todos los funcionarios. Cualquier día llegó a una oficina y saludó diciendo: “Tulio: Te traigo una noticia”. La oficina era el despacho arzobispal, Tulio era el arzobispo Tulio Botero Salazar y la noticia no era menos importante: “Al gobernador lo van a cambiar”.
David era una mezcla entre exclusión social y discapacidad física con grandes méritos. Desde sus tiempos han soplado muchos vientos y con ellos han llegado algunos cambios. Hoy sabemos de Fede Arango en la Alcaldía de Medellín, de Juan Felipe Valencia en el Metro y de Andrés Felipe Jaramillo en Explora, por citar apenas tres ejemplos de jóvenes muy competentes, todos ellos con habilidades diferentes y altos niveles de desempeño en sus puestos de trabajo.
Nuestra sociedad sigue adorando la perfección en todas sus formas y hay quienes se abren paso a codazos para demostrar su superioridad moral, económica, física o intelectual. Pero que haya empresas cerrando esa brecha es una forma bonita, además de necesaria, de hacer país, de trabajar por la equidad social y de reconocerles a miles de personas su derecho al trabajo. Por lo menos ya gateamos hacia la eliminación de los estigmas y estereotipos... Algo es algo.