Hace diez años
Masood recordó en The Economist (7-09-2018), que el 15 de septiembre de 2008 algo inusual estaba sucediendo cuando, desde su carro de venta de café, vio a los empleados de Lehman Brothers salir del edificio llevando cajas de cartón con sus pertenencias. Ese día la firma de inversión se declaró en bancarrota abrumada por el peso que tenían en sus balances los activos tóxicos del mercado de la vivienda, una parte profunda y oscura de este que tuvo su origen en los derivados constituidos a partir de las hipotecas riesgosas que florecieron en medio de la burbuja inmobiliaria anterior a la crisis.
La caída de una institución del tamaño de Lehman era impensable porque podía hacer tambalear al sistema financiero. La razón de la decisión de dejarla hundir era que Lehman estaba muy contaminada, había perdido su capital y era imposible que pudiera sobrevivir. Lo que siguió fue una verdadera avalancha que alcanzó a las instituciones financieras que tuvieran activos tóxicos y terminó afectando a los hogares y al sector real.
La onda de choque llegó a Europa y a otras economías desarrolladas y emergentes. Era una crisis financiera inusual que comenzaba en una gran economía desarrollada e irradiaba al resto de la economía global. Los canales fueron los usuales, se contrajeron los mercados de crédito, cayeron los precios de los bienes básicos ante la previsible reducción de la demanda y muchos países ajustaron sus economías a la nueva realidad, reduciendo el gasto del gobierno y ajustando sus cuentas corrientes.
La reacción de las autoridades económicas en Estados Unidos y de la Unión Europea fue oportuna y eficaz. No había mucha teoría para ese tipo de crisis. Sin embargo, se puso en funcionamiento todo el arsenal conocido. Lo primero fue limpiar el sistema financiero y fortalecerlo. Los bancos centrales bajaron sus tasas de política casi a cero y comenzaron a crear dinero comprando bonos.
La abundancia de liquidez que se creó con ese mecanismo ayudó a las economías desarrolladas a salir de la recesión, pero también drenó hacia el mundo emergente. Esto se sumó a la recuperación de las cotizaciones de los bienes básicos y del comercio impulsados por la demanda de China, que continuó su despegue a pesar de la crisis. Esos factores dieron origen a una etapa de expansión para las economías emergentes que se mantendría hasta 2014, las economías desarrolladas, en contraste, superaron lentamente la recesión.
Colombia salió relativamente bien librada frente al ramalazo de la crisis. La política monetaria y la fiscal pudieron actuar aguas abajo, hacer política anticíclica, por lo que habían hecho aguas arriba. La inflación estaba contenida y se había controlado el exceso de gasto. Se conformó un colchón de liquidez externa y se evitó la toma de riesgo cambiario por parte de empresas y bancos, y la regulación impidió que el sistema financiero se expusiera a los activos tóxicos. Pronto pudo sumarse al auge emergente y crecer a buenas tasas durante algunos años.