Columnistas

HACIA LA SEGURIDAD HUMANA

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27 de octubre de 2017

El soldado es un ciudadano en uniforme, independiente del rango o categoría que ostente. Como tal, nada de lo que pase en el país le puede ser extraño o indiferente. Su interés y su compromiso están adheridos al bien de la sociedad a la cual pertenece y sirve. En tal estado se genera una simbiosis que obliga al militar y a la institución castrense a marchar sincrónicamente con la Nación. Desde tal perspectiva, es necesario percibir a la institución militar como actor de primer orden, con capacidad y obligación de apoyar las fuerzas transformadoras, dentro de una realidad mundial y una coyuntura nacional.

Sabemos que las amenazas son dinámicas y, por ende, mutan permanentemente. La defensa, la protección de la soberanía y de los intereses de la Nación, cambian de perspectiva en cada tiempo. La tradicional defensa del terreno patrio y protección de las líneas fronterizas adquieren mayor complejidad cuando se les suma amenazas que se confunden con vulnerabilidades del alma nacional, valga decir, del cuerpo social.

La mayor amenaza a la seguridad humana se hace manifiesta en el deterioro ético y moral de la sociedad mundial, observable en índices incrementales de criminalidad, corrupción, violación flagrante de los derechos humanos, consumo de alucinógenos y codicia en los escenarios públicos y privados donde el hombre actúa. Observamos cómo la ambición seduce las conciencias y corrompe personas, familias, organizaciones y países. Para el sacerdote Hans Küng S.J., la solución exige como estrategia una nueva ética mundial y las fuerzas militares del mundo no pueden ser ajenas a ello.

En el mundo de hoy la codicia y la sed de poder son los objetivos de vida, donde el individualismo extirpó el concepto de comunidad y la ambición supera cualquier presupuesto ético. El quehacer cotidiano se concentra en las relaciones interpersonales y ellas en procura del reconocimiento y la admiración por logros en lo económico y en lo político. Ello conduce a exabruptos como el aseverar que la corrupción es algo inherente a la naturaleza humana. La síntesis del error es pensar que el fin justifica los medios (Maquiavelo).

Colombia no es ajena a esta realidad mundial, pero el reto es mayor, en cuanto debemos hacer la transición del conflicto armado a la paz y hacer de este proceso la fuerza transformadora hacia el nuevo país. Para ello debemos aprender de la historia. Europa lo experimentó exitosamente después de la Segunda Guerra Mundial, y Alemania con posterioridad a la caída del muro de Berlín. En tales circunstancias, la violencia, la barbarie y la venganza, cedieron espacios a la reconciliación y a la cooperación. El poder fundamentado en la opresión y la explotación mutó hacia un poder con mayores asomos de verdad, justicia, cooperación y solidaridad.

Las circunstancias actuales de Colombia indican que si no somos exitosos en tal proceso, corremos el riesgo de incubar una implosión, con resultados desastrosos. Por ello las Fuerzas Militares de hoy tienen un compromiso histórico inmenso en su función de construir Nación. Su obligación es contribuir a fortalecer las instituciones, la democracia, la libertad y la justicia. Según lo que he leído sobre la Doctrina Damasco del Ejército, con satisfacción aprecio que nuestras Fuerzas Militares avanzan en esa dirección.