Columnistas

Hay que disfrutar la vida familiar

Loading...
31 de enero de 2016

Llega un momento en la vida en que finalmente dejamos de prestarles atención a los problemas que no podemos resolver o a los dramas que no tienen solución, así como a aquellos individuos que los crean. Es entonces cuando podemos comenzar a valorar a las personas que nos agradan, que nos acogen, que nos llenan la vida de alegría, como son nuestros seres más queridos.

Ellos son quienes nos permiten olvidar las dificultades y los contratiempos del día a día y concentrarnos en valorar todo el amor con que hemos sido bendecidos.

No hay duda que cuando somos padres, tenemos mucho más qué agradecer que lo que tenemos que lamentar. Para comenzar, criar a nuestros hijos es una experiencia que puede ser la más desafiante pero a la vez la más enriquecedora de nuestra existencia porque ellos son un motivo muy poderoso para gozar la dicha de sentirnos profundamente amados por quienes queremos más que a nuestra propia vida. Y por eso, a pesar de las exigencias, sacrificios, contrariedades y esfuerzos que nos exige la crianza y la vida matrimonial, cuando tenemos un hogar armónico tenemos poderosos motivos para vivir plenos, así como grandes bendiciones que agradecer.

Lamentablemente, desde que la vida se convirtió en una carrera maratónica para tener más cosas, oportunidades y diversiones, es decir, para gozar de todo lo que nos vende la cultura consumista, nuestra existencia ha dejado de ser una experiencia orientada, ante todo, a servir y a amar a quienes nos rodean.

Sin embargo, vivir llenos de ocupaciones, compromisos y alboroto puede parecer un fin deseable, pero la sabiduría que nos permite degustar la vida en familia se encuentra, ante todo, en los momentos en que nos “reunimos” con los seres que más amamos, como son nuestros hijos y nuestros cónyuge.

La vida es demasiado corta como para no dedicar buena parte de nuestro tiempo a amar y disfrutar a cada uno de nuestros seres queridos lo más posible. A pesar de que no nos faltan las contrariedades, angustias o problemas cotidianos, cuando nos consagramos a mantener un hogar armónico y unido, tenemos más razones para gozar, más experiencias positivas que celebrar y más bendiciones que agradecer.