Histeria colombiana
Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.
El resultado del plebiscito expuso la personalidad histérica de Colombia. La altanería e insolencia de un alto porcentaje de sus ciudadanos que son incapaces de buscar consensos cuando las cosas no salen como estaban pensadas. Toda la calma y los brazos abiertos para el perdón que vimos en los últimos meses desaparecieron de un brochazo cuando las urnas hablaron.
Y aunque era de esperar que una parte de votantes que se dejó guiar por las generalizaciones y los prejuicios saltara en insultos ante la derrota, lo más sorprendente es que un amplio sector de los moderados reaccionaron igual de irreflexivos. Periodistas, académicos y políticos que apoyaron el Sí -por el cual yo también voté- desencadenaron una cascada de insultos y agitaron las banderas del rencor de la misma forma que hicieron los del No antes de la jornada del 2 de octubre.
Se convirtió en una extrañeza el personaje que, apoyando el Sí, pidió calma y diálogo. Aún se leen y se escuchan despropósitos como los llamados a desconocer los resultados, la tergiversación de las propuestas del lado vencedor o, incluso, la crítica al ejercicio democrático. Lo que funcionaba tan bien antes del plebiscito pasó a ser inaceptable una vez se configuró la derrota.
Un ejemplo de grandeza, frente a tanta altanería, lo dieron los más jóvenes. Aquellos que con frecuencia son estigmatizados como instintivos de sangre caliente, se pusieron las camisas blancas y llamaron al diálogo, insistieron en las conversaciones y marcharon por las capitales para exigir el fin de la nauseabunda politización de la paz.
Colombia vive en una realidad paralela desde hace una semana. Los del No, que criticaban el mecanismo de refrendación, ahora lo defienden a capa y espada mientras se instauran demandas para repetir la votación por parte de los defensores del Sí. La superioridad moral, que fue arma de un altísimo porcentaje de aquellos que apoyaban el proceso, hoy recae en las toldas de los vencedores que exigen el respeto tan ausente en sus discusiones preelectorales.
Somos un país que se comporta como adolescente. Variable en su discurso y acomodadizo. Lo que le sirve hoy, mañana lo desprecia para luego adorarlo el día después. Y quizá en estos días extraños por los que atravesamos se nos presente la oportunidad de encontrar acuerdos entre tanto insulto. Sería un pequeño paso hacia la adultez.