Homo economicus
Una silenciosa revolución se está dando en la ciencia económica y está alcanzando los fundamentos de la disciplina. La economía del comportamiento, una vertiente que cada vez gana más respeto, y autores como Benabou y Tirole (premio Nobel 2016) lo plantean con claridad: el concepto de homo economicus, uno de los pilares de la construcción de la identidad de la economía, que en el siglo XX le permitió diferenciarse de las otras ciencias sociales, no es adecuado para describir el comportamiento y las decisiones que toma el ser humano.
El homo economicus, recordemos, defiende racionalmente sus intereses teniendo en cuenta la información de que dispone, no siempre completa y fidedigna. Con base en esa información, el agente entiende sus restricciones y conoce las consecuencias de sus actos. Ese enfoque permite dejar en claro las diferencias entre racionalidad individual y colectiva; no necesariamente lo que es bueno para un actor económico, lo es para el conjunto de la sociedad.
Tirole (La economía del bien común, 2016), es muy radical en su planteamiento cuando afirma que la ficción del homo economicus es una comodidad teórica que ya está desueta y se requiere de una gran transversalidad en las ciencias sociales para poder superarla. En su opinión, la abstracción del homo economicus ha sido muy útil pero no concuerda con los hechos y las observaciones. Los agentes económicos son víctimas de errores cognitivos, sus decisiones a veces son incoherentes y el contexto social es determinante para comprender sus comportamientos.
En palabras de Tirole, el actor económico no es solo un homo economicus sino también un homo psicologicus, incitatus, socialis y juridicus e incluso un homo darwinus (biológico) y un homo religius. Esto pareciera una marcha atrás metodológica, pero el hecho es que los economistas necesitan entender los comportamientos del ser humano. Muy provocador, el nobel afirma que “la antropología, el derecho, la economía, la historia, la filosofía, la ciencia política y la sociología no constituyen más que una única disciplina, pues tienen los mismos objetos de estudio: las mismas personas, los mismos grupos y las mismas organizaciones”.
Hay que lograr la colaboración entre esos campos.
Atravesar las fronteras de la disciplina llena de angustia a los economistas, pues se abandona el núcleo duro de la teoría, pero hay muchos ejemplos de la ganancia obtenida al aceptar la transversalidad. Sin ir más lejos, es posible entender por qué a veces actuamos contra nuestros intereses: no ahorramos para la jubilación, abusamos del alcohol o la droga, comemos demasiadas grasas o azúcar, seguimos fumando, entre otras malas decisiones. Todos estos errores comunes en nuestras elecciones tienen implicaciones directas sobre nosotros y también en la política pública, y por eso tienen interés para los economistas. Por ejemplo, cuánto gana entender, gracias a la neurociencia, los conflictos entre las decisiones intertemporales que llevan a dejar para mañana lo que debíamos hacer hoy y sus consecuencias para el ahorro o para la financiación de las pensiones. Interesante y provocador.