IGNORAR EL PROBLEMA DE LA DEUDA
Por Paul A. Volcker y Peter G. Peterson
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Juntos, los dos tenemos 179 años de experiencia de vida y 13 nietos. Hemos servido bajo presidentes de ambos partidos. Hemos visto más temporadas de campaña de las que quisiéramos contar, pero ninguna tan extraña como esta.
Insultos, vituperios y mimos han sido pobres sustitutos para el debate serio sobre la dirección hacia la cual va este país, o debería estar yendo. Y una estructura financiera sana y sostenible es un ingrediente clave de cualquier política económica viable.
Sin embargo este país puede manejar el déficit fiscal de casi $600 billones estimado para 2016. Pero el déficit ha crecido rápidamente este año, y mantendrá la deuda nacional en alrededor del 75 % del PIB, un índice que no se había visto desde 1950, cuando el presupuesto se infló durante la Segunda Guerra Mundial.
Ese crecimiento continuado a largo plazo, motivado por nuestras políticas tributarias y de gastos, crearán el reto fiscal más significativo que enfrenta nuestro país. La ampliamente respetada Oficina Congresional para el Presupuesto ha estimado que para la mitad del siglo nuestra deuda se elevará a 140 por ciento del producto interno bruto, muy por encima de cualquier era previa, incluso en tiempos de guerra.
A pesar de una breve discusión durante el último debate presidencial, ningún candidato ha presentado un plan convincente para restringir el crecimiento de la deuda nacional en las décadas por venir.
A lo largo de la campaña, Donald J. Trump ha hecho un llamado para la combinación de profundos recortes tributarios que parecen exceder por mucho las reducciones de gastos propuestas, corriendo el claro riesgo de aumentar sustancialmente el índice entre la deuda y el PIB. Hillary Clinton ha presentado propuestas más balanceadas y detalladas, pero tampoco lograrían estabilizar y reducir el cargo de la deuda.
Quienquiera que gane, el nuevo presidente eventualmente enfrentará realidades fiscales que lo obligan a él o a ella a desarrollar estrategias para reducir la deuda nacional como porción de la economía a largo plazo.
Nuestra deuda actual podrá ser manejable en un tiempo de tasas de interés bajas nunca antes vistas. Pero si permitimos que nuestra deuda crezca, y las tasas de interés se normalicen, el peso del interés solo ahorcaría nuestro presupuesto y obligaría otros gastos esenciales. No habría espacio para los programas de infraestructura y la reconstrucción de defensa que hoy tienen amplio apoyo.
Seríamos dependientes de los inversionistas extranjeros y su adquisición de nuestra deuda, convirtiendo al gobierno en dependiente de la “caridad de desconocidos” quienes podrían no ser tan amables a medida que los pagarés se acumulan.
Las soluciones son lo suficientemente claras. Se requiere un manejo realista hacia los grandes programas subsidiados, dado que se proyecta que estos representarán todo el crecimiento de futuros gastos libres de intereses.
Deberíamos hacer ajustes graduales al sistema de Seguridad Social que mantiene los niveles de beneficios para aquellos en edad de jubilación o cerca de ella. Dado que el cuidado de la salud representa el 70 % del crecimiento de nuestros grandes programas subsidiados a lo largo de los próximos 30 años, controlar la curva de costo es esencial para el bienestar a largo plazo de nuestra economía.
No es ningún secreto que nuestro sistema de impuestos federal está roto, es injusto, ineficiente, y propenso a manipulación política. Está lleno de exclusiones, deducciones, exenciones y tasas preferenciales, los llamados desembolsos tributarios, que están listas para reformas. Esas políticas cuestan unos $1,5 trillones al año y de manera desproporcionada benefician a los ricos. La reforma tributaria podría ofrecer mejores incentivos para crecimiento económico, a la vez que aumenta las ganancias, incluso mientras el código es simplificado.
Pero tenemos que enfrentar un hecho inmutable. Reformas justas y responsables tomarán años para ser implementadas. Y las empresas y los individuos necesitarán tiempo para adaptarse.
Demorar la acción ahora hará que los cambios necesarios sean más dolorosos y difíciles más adelante, a la vez que aumentan el riesgo de una crisis financiera.
Sin embargo en el último debate presidencial, ambos candidatos desperdiciaron la oportunidad de presentar sus visiones de un futuro fiscalmente responsable a largo plazo. Aún hay tiempo de solucionar este problema. Pero el próximo presidente tiene que demostrar liderazgo en los primeros meses.
A nuestra edad, ninguno de nosotros sufrirá personalmente por causa de la falta de acción. Son aquellos con largas vidas por delante, nietos y bisnietos, quienes merecen el beneficio de prosperar en una nación con finanzas sólidas.
Tome el consejo de dos observadores que han estado aquí por mucho tiempo: el largo plazo llega mucho antes de que uno se de cuenta.