Columnistas

Influir en la niñez

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11 de diciembre de 2014

No pocas veces me he preguntado en qué momento de la infancia o de la más temprana juventud, aparecen ciertas influencias que serán determinantes para la creación o para emprender una causa. ¿Qué hace que a unos la vida les cambie cuando conocen el hielo y a otros cuando una tía no para de ponerles sinfonías de Mozart?

Nadie se imagina, así luego lo crea, en qué momento de su vida las cosas cambian y entonces la pobre humanidad lo agradece. Supongo que la mamá de Charles Chaplin no sospechó que aquella noche, cuando padeció una terrible laringitis y no pudo seguir cantando en el escenario, su hijo empezara a ser lo que llegó a ser. Ante el resplandor de las candilejas y los rostros envueltos en humo el pequeño Charles hizo una actuación tan graciosa que esa fue su primera aparición en un escenario y la última de su madre. “Cuando los hados se ocupan del destino humano no tienen ni piedad ni justicia”, recuerda el artista en sus memorias.

Y ya que hablamos de la crueldad de los hados, no creo que la misma Malala sospechara que después de defender la educación femenina en Pakistán y después de sobrevivir a varios disparos que un par de extremistas talibanes le dieron en su cabeza, su voz fuera reconocida en todo el mundo hasta representar el derecho que tienen todos los niños de estudiar para que algún día desaparezcan la terrible ignorancia y el terrorismo.

Y pienso en estas cosas, en estos sueños infantiles, a raíz de lo que leí esta semana: Más de 15 millones de niños en el mundo se han visto afectados este año por la violencia. “Los niños han muerto mientras estudiaban en clase o dormían en sus camas, han quedado huérfanos, fueron secuestrados, torturados, reclutados, violados y hasta vendidos como esclavos”, lamentó el director ejecutivo de Unicef, Anthony Lake (El Colombiano, 9 de diciembre).

Amos Oz, cuando estaba pequeño, soñaba con crecer y ser algún día un libro, de alguna forma lo consiguió, él estaba convencido de que cuando el mundo de una persona es oscuro, un libro permite que otro mundo sea posible. Lastimosamente muchos niños no alcanzan a darse cuenta ni siquiera que pueden soñar, sencillamente desaparecen, la vida les resulta tan ridículamente peligrosa que se extinguen antes de que sus tiempos duros se conviertan, al menos, en una cruel anécdota.

COLETILLA: Aplaudo la película “Jardín de amapolas”, de Juan Carlos Melo, gran película que tendría que proyectarse en todas las salas de cine del país este diciembre y todos los meses que sean necesarios para que entendamos muy bien cómo se puede contar una historia del conflicto en Colombia. Necesitamos más de este cine y muchísimo menos de ese que aparece por esta época bajo la premisa de hacer reír cuando la verdad es que de lo ramplón da ganas de llorar.