Innovación y arte
Soy un asiduo melómano, en el sentido más amplio; tal vez más marcado con la mal llamada música clásica. En mi computador tengo disponibles grandes colecciones de todos los géneros, desde el canto gregoriano, hasta la música rock; archivos que muchas veces elijo escuchar de forma aleatoria, de tal forma que puede sonar la obertura de Los Maestros Cantores de Núremberg, de Wagner, y luego La flaca, de Jarabe de Palo, una chacarera de Eduardo Falú, o un Pueri Hebraeorum, de los monjes de Silos.
Pero últimamente me rondan decepciones, cuando me parece sentir que, al oír muchas piezas musicales, de distintas épocas y de distintos autores, estuviera escuchando lo mismo. Un porcentaje muy alto de lo que oímos suena igual o es un reciclaje de lo que se ha hecho y ha resultado exitoso. Estamos en la era de la recurrencia y la imitación en todos los ámbitos del arte. Repetir esquemas se ha vuelto el modo de crear. Finalmente, vamos a oír lo mismo, porque todo se fusiona, y vamos a escuchar una mezcolanza sin identidad.
Los grandes genios de la música son los que han producido piezas con sello propio, irrepetibles, piezas que nos conmueven y nos seducen, que hemos oído mil veces, y queremos oírlas muchas veces más. Es el caso, para mi gusto, del Bolero, de Ravel; La Consagración de la Primavera, de Stravinski; La Sinfonía Fantástica, de Berlioz; los Nocturnos, de Chopin; las sinfonías y sonatas para piano de Beethoven, un genio que ha pasado a la historia, reconocido por el modo constructivo para hacer sus obras. Beethoven, corregía, cambiaba, agregaba, suprimía. Y por eso su legado es emblemático; los Conciertos Brandemburgueses de Bach, o sus Preludios y Fugas, que fueron escritos con una intención pedagógica, pero pasaron a ser reconocidas como de las más sublimes composiciones musicales.
El jazz es una de las formas más geniales de la música, porque su estructura está explicada por la innovación en la armonía, el tiempo y la combinación de esquemas rítmicos; su alma está en la disonancia. Pero también es el modo de la música en el que es más fácil caer en lo reiterativo, en el esquema siempre recurrido.
Quién podría negar el sello inconfundible y único de la agrupación Pink Floyd o la maestría de los Beatles, la destreza y creatividad de Jetro Tull en su producción Songs from the wood. Pero el rock también ha sido pretexto de variopintas bestialidades en la música.
La poesía -otro modo de hacer música- no se hace solo con palabras bellas ni con la consonancia que por tanto tiempo asociamos con esa forma del lenguaje, y menos con las metáforas que han hecho carrera en la producción poética y se han vuelto muletillas. Se hace con palabras de sentido, con profundas intuiciones que se acuñan a lo existencial. Hay que leer a Miguel Hernández, a Barba Jacob, a Borges o a Whitman para sentir lo que es poesía. El Canto a mí mismo, traducido al castellano por León Felipe, es uno de esos poemas que en cada lectura nos regresa a nuevas perplejidades.
El artista genuino es el que innova, el capaz de transgredir y sobrepasar los moldes vigentes, para crear un sello propio. Es grande cuando su creación no se parece a la de nadie; y ese es un privilegio que pocos han tenido en la historia de la humanidad. Podrá iniciarse recurriendo a modelos reconocidos; pero ese será solo el comienzo de la formación de sus cimientos, para alcanzar finalmente su propia identidad.