Columnistas

inquietante pregunta sobre la muerte

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06 de noviembre de 2016

Por: Jorge H. Peláez P., S.J.

La temática de la muerte siempre ha estado presente en la historia de la humanidad. Los textos de las lecturas de este domingo nos invitan a hacer un alto en el camino para hablar de este desagradable asunto. La gran pregunta que gravita sobre nosotros en esta celebración eucarística es: ¿qué significa la muerte para el creyente? Leamos atentamente estos textos para iluminar esta realidad que siempre ha estado en la agenda de los pueblos.

En el II Libro de los Macabeos, se nos describe el heroísmo de esta familia constituida por la madre y siete hijos que prefirieron morir antes que traicionar su fe. Uno de ellos le dice al rey Antíoco Epífanes: “Asesino, tú nos arrancas la vida presente, pero el rey del universo nos resucitará a la vida eterna, puesto que morimos por fidelidad a sus leyes”.

Es interesante subrayar que la creencia en la resurrección de los muertos no estuvo presente desde el comienzo en el pueblo de Israel. Recordemos que la revelación es histórica. Esto significa que Yahvé fue manifestando poco a poco, de manera gradual y pedagógica, su plan de salvación. Así pues, el pueblo elegido fue madurando en su fe a lo largo de los siglos.

El texto del evangelista Lucas nos cuenta que en tiempos de Jesús seguía abierto el debate sobre la resurrección de los muertos. La escena que nos relata Lucas nos describe el diálogo de unos saduceos, que eran judíos opuestos a la idea de la resurrección, quienes plantean a Jesús una pregunta maliciosa; después de describir la muerte sucesiva de los siete maridos, le preguntan: “Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa la mujer, pues los siete estuvieron casados con ella?”

Jesucristo resucitado es la garantía de nuestra resurrección. Él ha triunfado sobre la muerte. Ya no hay lugar para la tristeza y la incertidumbre. La muerte no es destrucción sino tránsito hacia la plenitud del amor. Esta realidad nueva la expresa el Prefacio de Difuntos: “En Él brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección; y así, aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”.

La certeza que nos ofrece la resurrección de Cristo nos debería ayudar a superar el tabú de la muerte, que nos impide hablar de esta realidad. Cambia radicalmente la perspectiva. Ya no se trata de un fracaso con el que se cierra la peregrinación humana, sino la llegada gozosa a la casa de Padre amoroso.