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INVITADOS DESCORTESES

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16 de octubre de 2017

La diferencia de los primeros invitados a la “boda de su Hijo”, no a un banquete genérico, retrata la actitud negativa frente al reino. Actitud de soberbia, la de aquellos que confían en su propia justicia, la que pueden adquirir por su esfuerzo personal aplicado a cumplir meticulosamente la Ley, y rechazan, en cambio, la verdadera justicia, los caminos de la salud, que procede de Dios.

Los invitados iniciales, el pueblo de Israel, han escogido quedarse con lo que tenían, una manera instalada de vivir religiosamente la fe, sin aceptar los riesgos del Evangelio, y algunos incluso han llegado hasta el asesinato de los que los invitaban. Y entonces ha venido la llamada universal, el banquete se abre “a todos los pueblos”.

Pero para participar de este banquete hay que llevar vestido de fiesta, lo que significa que nadie debe pensar que, por el hecho de pertenecer al nuevo pueblo de Dios, a la Iglesia, ya se tiene todo asegurado. Es necesario dar una respuesta personal, es necesario querer ponerse el vestido para participar en el banquete de bodas de un hijo del Rey. Hay una manera de vivir que es la adecuada de los que son del Reino, y otra que comparta su exclusión.

Si somos invitados a esta fiesta de la “boda del Hijo del Rey”, es decir, a la fiesta de los amigos de Jesús, ¿Nos hemos dejado llenar de la alegría de la fe? ¿Hemos dicho alguna vez, con las palabras de Isaías: “aquí está nuestro Dios, alegrémonos y gocemos con la salvación que nos trae”? ¿Somos capaces de admirarnos de las sorpresas de Dios, de entender su mensaje de alegría y esperanza? ¿O preferimos un cristianismo triste, reducido a cuatro normas que debemos cumplir resignadamente, cuando Dios lo ha pensado como una fiesta? ¿Nos “vestimos de fiesta” interiormente o desairamos a Dios que nos invita gratuitamente y ponemos nuestras excusas para no acudir a su cita cada día? A veces los que están por los caminos, los alejados, saben responder con mejor talante a la llamada de Dios cuando se enteran de ella.

Las invitaciones de Dios a su fiesta son exigentes. No hay nada más exigente que la amistad y las fiestas. La alegría cristiana no se debe a que todo nos salga bien, que no tengamos que sufrir. Muchas veces la fe cristiana supone renuncias, esfuerzos, dolor. Lo que sí nos asegura Jesús a los que lo seguimos es su cercanía, su ayuda. “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo, tu vara y tu callado me sosiegan”.