Columnistas

LA AMENAZA EMERGENTE

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06 de marzo de 2015

La película Fury (excelente para mi gusto) revivió en mí la convicción de que la guerra muestra lo mejor y lo peor de la naturaleza humana. Ella evidencia los inmensos valores de la milicia, a la vez que muestra la miseria y la mezquindad cuando no hay aprecio por la vida. La frase que mejor describe el contexto y el mensaje es: “los ideales son pacíficos, pero la historia es violenta”. Realidad que parece consustancial a la naturaleza humana.

La historia de la humanidad se puede sintetizar en la historia de las guerras. Pobre realidad que ni las explica ni las justifica, aunque nos indica que las motivaciones son las mismas, pero los métodos y los escenarios son cada vez distintos. Desde que Caín dio muerte a su hermano Abel, utilizando la mandíbula de un cuadrúpedo, hasta el uso actual de aviones no tripulados para atacar objetivos seleccionados a 10.000 kilómetros de distancia, la sed de poder, los intereses económicos, la pasión, la venganza y el dogmatismo han estado presentes.

La metamorfosis de los conflictos bélicos nos está llevando a la guerra invisible. El escenario es el Medio Oriente. Desde plataformas en Texas y Nevada se direccionan drones guiados satelitalmente que golpean objetivos específicos, aunque con daños colaterales casi siempre excesivos. Cada vez se busca más imitar la precisión y la asepsia de los procesos quirúrgicos, pero aún subsisten inmensas fallas en la racionalidad de los objetivos y la validez ética de las acciones.

El enemigo que hoy adquiere relevancia es la agrupación integrista y terrorista de naturaleza salafista yihadista, mal denominada “Estado Islámico” (EI), que pretende imponer su interpretación de las normas del Islam del siglo VII.

Hans Kung nos advirtió que no habrá paz entre las naciones sin paz entre las religiones, pues el dogmatismo religioso pone en peligro la convivencia entre civilizaciones. La pregunta es si este argumento se aplica para esta circunstancia, u obedece a intereses de orden geopolítico y económico. Yo pienso en lo segundo, pero en cualquier caso, es una de las mayores amenazas de la posmodernidad.

El EI busca reconocimiento y liderazgo sobre todos los musulmanes del mundo, asentados especialmente en Irak, Siria, Jordania, Israel, Palestina, Líbano, Chipre, Turquía, Libia y Pakistán. Los antecedentes, los objetivos que persigue, los métodos que emplea, el impacto geopolítico posible de sus aspiraciones y el fanatismo y convicción que los caracteriza, deben llamar la atención de mundo.

El EI es el grupo terrorista más rico de la historia. Sus ingresos provienen del comercio ilícito del petróleo, de su régimen impositivo ilegal, del secuestro y del tráfico de órganos y antigüedades.

Sus fuerzas están compuestas por 30 mil combatientes, nativos de noventa países, incluidos algunos europeos, con amplia capacidad terrorista y estructura militar regular hasta el nivel de infantería ligera. Entre los miles de víctimas están los cristianos que se han negado a convertirse al Islam y los musulmanes que no comparten sus métodos. Estados Unidos los confronta en forma coordinada con varios de los países occidentales y diez de los países árabes aliados pero, hasta ahora, no ha podido frenar su empuje.

Insisto en que el estar durante medio siglo obnubilados con nuestra absurda guerra local, nos ha negado la posibilidad de entender las realidades del presente global. El acontecer en el Medio Oriente será de impacto en cualesquiera de los escenarios geopolíticos en gestación, independiente de nuestra voluntad, pero en contra de nuestros intereses, si seguimos haciéndonos víctimas de nuestra propia estupidez.