LA ASCENSIÓN
Estamos próximos a concluir el tiempo pascual, a recibir el don del Espíritu Santo, que nos constituye como comunidad creyente y testigos de la acción de Dios en el mundo. Ser misioneros del mensaje de salvación para todos los pueblos; lo que ha de darse no simplemente para este tiempo real –que va pasando- sino, en nuevas condiciones, en un tiempo trascendental y de fe. Tiempo espiritual, de salvación.
Para realizar este testimonio y misión..., para conocer este misterio de Dios, revelado en Cristo Señor (Efesios), es necesario la bendición de Dios, en Cristo resucitado. Es preciso concluir el tiempo histórico de la presencia real del resucitado entre nosotros, tiempo de llegar a la fe; y pasar al tiempo del Espíritu Santo: Pentecostés, en la vida de la Iglesia. Acá, están presentes los elementos que los textos de este domingo de la Ascensión, nos ofrecen para la comprensión y aplicación a nuestra vida.
Hoy como ayer, seguimos siendo jalonados desde lo alto para que buscando nuestra verdadera vida, la vida eterna, pongamos los pies sobre esta vida terrena y podamos seguir a Jesús –nuestra cabeza- hacia donde nos invita, hacia la Gloria de siempre junto al Padre. El verdadero final de la historia de Jesús y la nuestra; verdadero final del sentido de nuestra vida y salvación.
Tenemos que mirar hacia arriba –al cielo- y trascender en esta misma vida, librarnos de tantos apegos y afecciones a las cosas y proyectos que siendo importantes, no son más que coyunturales, pasajeros. Pero igualmente, desde la ascensión del Señor tenemos el compromiso de no quedarnos parados mirando solo al cielo. Es necesario asumir nuestras tareas y poner los pies en tierra. Mirar al cielo y trascender, no nos exime de mirar a la tierra y caminar con la responsabilidad que implica nuestra presencia, nuestra entrega en la vida de nuestros hermanos.
Mirar como miró Jesús: al cielo, a la esperanza de la plenitud en la Gloria del Padre. Pero igualmente a la tierra, sin buscar nuestro interés particular sino el bien común, de todos nuestros hermanos, siempre.
En esta doble mirada se juega toda bendición que recibimos de lo alto, desde el Padre que nos bendice, pues, solo así podremos participar de la realidad de lo que Dios está haciendo entre nosotros: un cielo nuevo y una tierra nueva. Generando para todos unas condiciones nuevas, para esta vida y más allá de ella hacia la trascendencia. Generando nuevas relaciones, solidarias, equitativas y justas con nuestros hermanos y con nuestro mundo –la tierra- de tal modo, que no nos quedemos ligados o aferrados ni a un pasado que no nos da nueva vida, ni a los bienes simplemente naturales que igualmente nos dominan y esclavizan. Con la ascensión del Señor se abre el camino de nuestra trascendencia: la vida eterna. Camino, que como los discípulos, realizamos de la mano de María, nuestra madre. Feliz día queridas Madres .