LA CALLE 34 Y OTRAS HISTORIAS
“El cielo de ayer anocheció extrañamente despejado. Desde el Doce siempre vi a Santo Domingo alumbrarse con bastante rapidez. A las 7:30, la hora que acordamos, estiré la mano para bajar el breaker. Todo lo oscurecí y lo encendí dos veces. Luego, en la montaña de enfrente, vi tu calle iluminada y en ella la luz de tu casa, que se apagó y se encendió también dos veces. Anoche me dijiste que sí y el aire de hoy bajó limpio”.
Tomo un respiro para decirles que este es el cuento de Esteban Valencia Agudelo, de 22 años, que ganó el primer premio en el concurso Medellín en 100 palabras convocado por la Caja de Compensación Familiar de Antioquia ―Comfama― y el Metro de Medellín.
Después de leerlo ―primero como jurado y después como un lector más que abre las páginas de un libro― pienso: contar una historia como estas en 100 palabras es muy difícil. Se necesitan una forma de mirar, una capacidad de adivinar, una inteligencia, una amistad con las palabras y una percepción muy singulares para lograr el milagro de captar un instante de la vida y condensarlo de ese modo, sin empobrecer su belleza, como lo hizo el autor de este cuento.
Cosa parecida hicieron muchos de los 10 mil 834 escritores de todas las edades de Caldas, La Estrella, Envigado, Itagüí, Sabaneta, Bello, Copacabana, Girardota, Barbosa y Medellín que participaron en el concurso. A todos ellos los felicito. Creo que jamás seré capaz de hacer lo mismo.
Para mí ser jurado ―con María del Sol Peralta y Pablo Montoya― fue una experiencia hermosa y divertida. Pasé horas felices leyendo cuentos de niños, jóvenes y adultos en los que un gato negro se enamora perdidamente de una yegua rosada en San Sebastián de Palmitas y unos extraterrestres raptan a un grupo de silleteros y se los llevan a sembrar flores en la luna... Donde Ícaro, con las alas recién puestas, y huyendo de los bandidos, vuela en la noche sobre Medellín, como un gallinazo, suavecito, para no destechar las casas ni despeinar a la gente. Donde, en fin, un muchacho muere entregando una carta de amor después de atreverse a cruzar una de esas fronteras invisibles que separan nuestros barrios.
El concurso también fue una inolvidable y multitudinaria experiencia pedagógica de acercamiento al oficio de narrar: Comfama y el Metro organizaron 500 talleres en sedes de la Caja, en bibliotecas, en instituciones educativas y en otros espacios públicos donde la gente quisiera reunirse para oír hablar a los escritores que daban consejos acerca de cómo hacer un cuento corto, cómo crear un personaje, cómo construir un relato de la vida.
“Tal vez sea el mayor logro de esta iniciativa que busca contagiar el amor por la escritura y, al mismo tiempo, por la lectura, pues es claro que quienes escriben para que otros lean, por lo general sienten deseos de leer a otros que también escribieron” dijo Juan Diego Mejía, director de Cultura de Comfama, en la presentación del libro de la colección Palabras Rodantes que dentro de pocos días viajará de mano en mano entre los pasajeros del Metro.
Hubo muchas historias más merecedoras de un premio, que no alcanzaron a recibirlo, pero que por fortuna fueron escogidas para el libro. Como esta, de una muchacha huérfana: “Y sin embargo, no estuvo sola: sus montañas la tenían abrazada”.
De Medellín en 100 palabras me llevo en el corazón cuentos que jamás voy a olvidar. Como este, de Ana María Toro Pérez, de 16 años:
“La madre espera a su hijo de la guerra; ficticio como el Dios en el que se apoya cada mañana. En una banquita para ella sola, ya reservada diariamente, en la calle 34”.