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LA “CARTA A MI SUCESOR”

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19 de febrero de 2018

Se conoció el pasado jueves quince de febrero la comunicación que el presidente de la República le dirige a su incógnito reemplazo, en la cual -luego de posar como un gran estadista- pretende hacerle un “balance” de su acre gestión, para advertirle que “no voy a interferir para nada en su trabajo”; ello merece algunas reflexiones.

Para empezar, dígase que se trata de una esquela mal redactada, bolera e inoportuna, todo lo cual prueba que el género epistolar no es una fortaleza de su autor; y ello, como decía un colega, es evidencia clara de que sí la escribió el sombrío primer mandatario a quien, aparte de sus medianas y decoloradas columnas de prensa de otras épocas, nunca se le conoció una sola producción académica que merezca ser destacada porque siempre se caracterizó por su penuria intelectual. Incluso, si no es una babosada más de las tantas que acostumbra a pronunciar este liviano personaje, se debería suponer que con ella -por lo menos- le anuncia al mundo entero que va a entregarle el poder a la persona que los políticos de turno (quienes tienen secuestrada a la sociedad) logren que sea electa.

Por eso, allí no se dice que la economía colombiana está en la ruina porque, solo para citar un discutido indicador, la deuda externa sobrepasa hoy los ciento veinte mil millones de dólares, bien distantes de los sesenta y un mil ciento treinta y cinco de agosto de 2009. Tampoco se menciona el caos que reina en la administración de justicia, aunque él reivindica como su logro el engendro de la Justicia Especial para la Paz; ni se dice que la corrupción se enseñorea por doquier, porque la llamada mermelada fue el supremo lema de su mandato. Por supuesto, no se indica que el sector agrícola y ganadero, la industria, están postrados; que la educación es un total caos y la salud se encuentra en un estado vergonzoso, mientras el proceso de paz es un fracaso estruendoso.

Desde luego, se predica que la pobreza absoluta se redujo a la mitad cuando es lo cierto que estamos llenos de menesterosos hambrientos y de desempleados; en fin, en ese texto no muestra a un primer mandatario indigno que lo pervirtió todo, suplantó y/o sometió a un Congreso dócil, arrodilló a los supremos jueces, e hizo con la Constitución lo que le vino en gana al pisotearla hasta el cansancio. Sin duda, entonces, el contenido vertido a lo largo de las cuatro insulsas páginas solo busca elogiar ‒salvados algunos necesarios “pendientes” con los cuales adorna el discurso‒ la gestión del gobernante después de siete años y medio, lo cual hace pensar que con anterioridad (¡oh sorpresa!) debió leer o le hablaron de “Alicia en el país de las maravillas”, el excelente libro de Lewis Carroll.

De allí que resulten muy tibias las reacciones de los candidatos presidenciales concernidos quienes, al demostrar su falta de liderazgo, formación y preparación para dirigir el Estado, se han limitado a hacer comentarios insustanciales sobre la discutida esquela; ellos no captan que este ser, siempre aprovechado, solo busca defender su “obra de gobierno” para apuntalar a sus favoritos (que, por supuesto, son sus correligionarios de las Farc) en los próximos comicios electorales y, de paso, legitimarse cuando el sol le pega duro a las espaldas y necesita algunos tanques de oxígeno adicionales. Esas son, pues, las razones para que él -a falta de seis meses- produzca esta destemplada y desafinada epístola.

Así las cosas, lo mejor que se puede hacer ahora es despedir a Santos Calderón quien debe apurarse porque los carruajes, los uniformes de gala, la prosopopeya, etc. lo esperan en la capital inglesa donde, desde su villa multimillonaria, le podrá decir a todo el planeta que su negociado Nobel de Paz lo hará pasar a la historia como uno de los hombres más anodinos y aciagos que hayamos conocido.