Columnistas

La Casa de los Renacuajos

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07 de diciembre de 2014

El reto en este proceso de paz será restaurar la casa. Devolverle a nuestra casa el agua, el sol, el bosque, los peces, las flores, los alimentos, el campo. Restaurar lo que alguna vez tuvo. Ese fue el mensaje que nos dejó antes de morir en el año 2011, la keniana Premio Nobel de Paz, Wangari Maathai. Y esta es la mujer que inspiró a todo un pueblo.

Con desarrollo sostenible, democracia y paz, Colombia sería el país ideal. El legado de Wangari fue profundizar los vínculos profundos que existían entre estas mágicas palabras. Gracias, por ejemplo, a la cualidad única que tienen las comunidades campesinas, indígenas, pescadores, afrodescendientes, raizales y gitanos de Colombia o de cualquier parte del mundo, de observar detenidamente, minuto a minuto, la dinámica de los seres vivos en la tierra, el Premio Nobel de Paz 2004 inspiró sus propósitos.

Para hacer que los ciudadanos entendieran los vínculos entre paz y medio ambiente, Maathai desarrolló un programa de educación muy sencillo de aplicar. Las mismas personas involucradas en los conflictos identificaban sus propios problemas, causas y posibles soluciones. Luego hacían las conexiones entre las acciones personales y los problemas ambientales y sociales en el escenario en el que eran testigos. Reconocían que eran parte del conflicto.

Según Maathai, a partir de este trabajo simultáneamente las comunidades aprendieron que el mundo, y no solamente ellos, se enfrentaban a grandes males, como son: la corrupción, la violencia contra las mujeres y niños, la destrucción de las familias, la desintegración de las culturas y comunidades, el abuso de las drogas, la generación de epidemias y desnutrición, y desarrollo de enfermedades por falta de atención al saneamiento básico. Las comunidades en conflicto exponían las actividades humanas que estaban acabando con el medio ambiente en su propio territorio, como lo son también en Colombia, la destrucción de páramos y humedales, a través de la deforestación y contaminación de suelos y aguas, que además aumentan los índices de pobreza de cualquier vereda o municipio del país.

En este proceso que se sigue desarrollando en Kenia, los participantes descubren que ellos deben ser parte de las soluciones. Descubren su potencial y son empoderados para superar la inercia y la indiferencia, y toman acciones concretas en su propio suelo. La meta es que las comunidades logren reconocer que ellos son los más importantes guardianes y responsables de la naturaleza, y que además se benefician de manera directa de ella, con el agua potable, alimentos y salud suficientes para vivir en paz.

Las comunidades posteriomente entienden que pueden exigir a las autoridades ambientales que rindan cuentas sobre el estado de los recursos naturales, y logran empoderar a sus propios líderes para promover los valores que ellos quieran, como por ejemplo la integridad, la justicia y la verdad.

Para el premio Nobel de Paz las relaciones entre democracia, medio ambiente y paz al principio fueron muy claras, pero posteriormente se dieron cuenta que esta gobernanza del medio ambiente y de sus recursos naturales solo se da en espacios pacíficos y democráticos, porque las comunidades sienten que son parte de él.

Con la protección del medio ambiente aprendemos a superar el miedo y la desesperanza, y a movernos para defender el derecho que tenemos todos, de estar en una Colombia en paz.

En el país no puede haber paz sin un desarrollo equitativo para todos. Y no puede haber desarrollo o crecimiento verde, sin el manejo sostenible del medio ambiente y con la conservación de sus recursos naturales más vitales. Todo esto en un espacio de paz.

Como dijo Wangari Maathai, al finalizar su discurso de aceptación del Premio en Oslo “El reto es restaurar la casa de los renacuajos y devolverles a nuestros hijos el mundo de Beauty and Wonder”.