LA “CASITA BLANCA”
Al leer la prensa mexicana de estos días, no se tiene más remedio que recordar las palabras del Santo Padre en su reciente discurso pronunciado ante las asociaciones de juristas: “La corrupción se ha naturalizado al punto de llegar a constituir un estado personal y social ligado a la costumbre, una práctica habitual en las transacciones comerciales, y financieras, en las licitaciones públicas, en toda negociación que involucre a agentes del Estado. Es la victoria de las apariencias sobre la realidad, y de la desfachatez impúdica sobre la discreción honrada”.
Se hace referencia, por supuesto, al escándalo suscitado a raíz de una profunda investigación periodística relacionada con la lujosa vivienda del presidente mexicano, Enrique Peña Nieto (http://www.elmostrador.cl/mundo/2014/11/11/la-lujosa-casa-blanca-de-pena-nieto-que-indigna-al-pueblo-mexicano/), también envuelto en otras bataholas que lo muestran como un hombre sin carácter, como lo evidencia su blandengue postura frente al asesinato y la desaparición de cuarenta y tres estudiantes por parte de organizaciones mafiosas empotradas en el manejo del Estado, ocurrido en Iguala.
Por supuesto, al ver al flamante y joven presidente mexicano acompañado de su mujer (la actriz Verónica Rivera), que posa en las fotos y videos como un reputado actor de Hollywood, con su carita candorosa, convertido en el gran líder del Partido Revolucionario (¡qué pleonasmo!) Institucional llamado a conducir a ese gran país a comienzos de este milenio, nadie se imagina el limo que rodea todo este montaje publicitario en el que son expertos ciertos políticos para promocionar a sus “hombres de Estado”.
Ahora resulta que la mansión donde ha morado el citado político con su familia, situada en el populoso sector de Lomas de Chapultepec, está avaluada en siete millones de dólares y fue diseñada como una verdadera “Casa Blanca” para el señor presidente. Pero lo grave no es eso (algo humillante en un país lleno de personas pobres que no tienen siquiera un metro cuadrado para vivir), sino que la residencia figura a nombre de una filial del Grupo Higa, beneficiado con contratos multimillonarios entre 2005 y 2011 cuando el hoy dignatario gobernaba el estado de México; este grupo económico, además, recibió los millonarios pagos por los viajes de la campaña presidencial.
Y, para acabar de ajustar, ese emporio económico era una de las tres firmas favorecidas con la adjudicación, junto con la empresa China Railway Construction Corporation (CRCC) (la mayor contratista de construcción del mundo), del contrato para levantar el tren de alta velocidad entre México y Querétaro, licitación que, por el aquelarre, Peña Nieto ordenó suspender. Las iras del Gobierno chino, país visitado por el mexicano en el reciente encuentro de mandatarios, no se han hecho esperar, máxime si se trata de un proyecto de US$ 3.750 millones. El gobernante ha quedado, pues, como un mentiroso ante el país entero al afirmar que la mansión (ahora en venta) era de su “exitosa” mujer (quien, mucho antes, dio una entrevista a los medios para mostrar su “humilde” hogar), cuando la verdad era muy otra.
Todo, pues, huele a corrupción; ese grave fenómeno que descompone a las sociedades contemporáneas y que, en el caso del país manito, es de tal proporción que según mediciones hechas por Transparencia Internacional en 2013 lo sitúan en el puesto 106 entre 177 países evaluados, por debajo incluso de Argentina, Barbados y Colombia. Algo ya normal a lo largo del octogenario dominio del partido oficialista que, al pensar siempre en los bolsillos de sus dignatarios, olvida la necesaria transformación de un pueblo que ve a unos nadar en la opulencia y a otros derrumbarse sin ninguna esperanza.
Por supuesto, más allá de las algarabías, dignatarios como Peña Nieto ocupan los sitiales de honor en nuestros países, así todo el mundo (menos ellos) sepa que son corruptos, porque como también recuerda el Sumo Pontífice, “sucede lo que con el mal aliento: difícilmente se percate de ello el que lo tiene. Son otros quienes lo sienten y se lo deben decir”.