LA CINCUENTAÑEZ
“Esas pecas nunca te van a dejar crecer”. La sentencia, proferida hace años por alguien que llegó a mi corazón para quedarse, me sonó a bendición, como si hubiera caído sobre mí un paquete de aleluyas que me protegerían del paso de los años. ¡Y sí que lo hicieron! Pasé sin angustias por la “jodentud”, llegué sin temores a los treinta y si acaso tuve la crisis de los cuarenta no dejó cicatrices. Ahora que aterrizo en la cincuentañez, puedo gritar que mi vida ha sido un acontecimiento feliz del que hoy, con el permiso de ustedes, hago un balance a mi manera.
Celebro haber nacido en un hogar cristiano, no camandulero, donde nos legaron a Dios para honrar sus mandamientos de amor y de justicia, no para temerle.
Le hago coro a Óscar Domínguez cuando dice: “A mí la riqueza me la dieron en...” amor, ilusiones y sueños que con hilo, aguja y paciencia he ido tejiendo. Algunos, porque para otros no ha habido más remedio que desbaratar y envolver de nuevo la hebra en la madeja, no tanto por resignación sino por aceptación. Los imposibles también hacen parte de la vida, aunque la programación neurolingüística diga lo contrario.
En estos cincuenta años he cometido muchos errores, algunos tan graves que me han quitado el sueño y la tranquilidad. No me ufano, pero han sido tierra abonada de aprendizaje y crecimiento.
Cómo olvidar aquellas lágrimas que siempre me han servido para aliviar angustias, rabias, adioses definitivos y nimiedades que no valen la pena.
También he tenido aciertos y alegrías, como mi familia, la mayor de mis posesiones, fuente inagotable de amor, unión y apoyo en todo momento. Sin ella, sin los amigos del alma y sin los libros (los leídos y los que me faltan) este medio siglo de existencia sería como un enorme plástico de burbujas de aire.
Mi equipaje está más liviano cada vez. El odio es un sentimiento desterrado de mi vida, aunque mi capacidad de perdón sigue siendo selectiva.
Amo mi país a pesar de los pesares, pero me rebelo contra sus injusticias. “La ciiiudad que es de mis hiiiijos, donde viiiivo y trabaaaajo por tiiiii... ¡Quiero a Medellííííín!”. Y a Bolívar, el pueblo donde nací, con un amor tan grande como las montañas que lo abrazan.
Vivo reconciliada con la talla y el peso. Hace rato acepté que la nalga, al igual que la plata, quedó mal repartida, pero sé que la belleza no está solo en las curvas y que, en ausencia de perfección física, los talentos, la sencillez y las capacidades son un medio expedito y más que valioso para querer y ser querida. En ese sentido me declaro millonaria y me perdonan el alarde.
“Solo le pido a Dios que la guerra (ni nada) me sea indiferente”, que el disfrute de una buena conversación no se me acabe y que mirar hacia atrás me dé ánimos para seguir adelante.
Lo mejor de los cincuenta es no tener que sacar una raíz cuadrada ni volver a una entrevista de trabajo nunca más. Ahora sé que la vida es mejor saborearla despacio, como el primer café de la mañana, que la felicidad consiste en amar lo que uno hace, sin tener que demostrarle nada a nadie, que no es obligación ser exitoso, amasar una fortuna ni volar en parapente. Doy fe.