La Comuna 13 y Medellín
El jueves de la semana pasada, el alcalde Gutiérrez me invitó a acompañarlo a la Comuna 13, territorio al que me he acostumbrado en los últimos años, pero aquella noche no lo reconocí. Percibí un silencio siniestro y un caminar de la gente prudente.
De hecho, me hicieron falta los sonidos, los colores y la narrativa de los movimientos culturales que con valentía en estos años se han negado a doblegarse al miedo, dándole en cambio protagonismo a la gente honesta de la 13. La paz, me dije, es ruidosa. Mientras regresaba a la casa me quedé pensativo. En particular, una pregunta ocupaba mi mente. “Medellín lo tiene todo para transformarse. ¿Por qué parece no lograrlo?” Pensaba en las iniciativas, personas, organizaciones que he tenido el honor de conocer a lo largo de estos años. De hecho, esta ciudad potencialmente lo tiene todo.
Medellín tiene una sociedad civil resiliente y creativa. A la violencia más brutal las comunidades han respondido generando talentos artísticos extraordinarios que son referencia internacional. Medellín tiene también algunos de los empresarios más visionarios y exitosos del país. La academia pública y privada es generadora no solamente de un conocimiento de nivel mundial, sino que también impulsa a una ciudadanía consciente. La administración pública dispone de recursos y de un potencial de iniciativa política que no tiene comparación en el país.
Todo esto ha generado en las últimas décadas cambios importantes que son innegables. Pero aun así, los patrones negativos que afectan a la ciudad, y que siguen perpetuando muerte, violencia, y desigualdad, todavía cortan sus alas. La violencia que hoy padecen Altavista, Robledo, y la Comuna 13 es solamente el síntoma de dinámicas estructurales y de códigos culturales que siguen generando sus males, y que no se ha logrado transformar.
¿Cuál es, entonces, el paso que la ciudad tiene que dar hoy para generar un cambio más profundo, y ojalá definitivo? Pensando sobre esta pregunta, me acordé de lo que hace años mi amigo, el escritor siciliano, Roberto Mazzarella me dijo sobre la ciudad de Palermo, durante su lucha contra la Mafia. “Palermo”, me dijo Roberto, “es como un archipiélago de islas exóticas. Cada una preciosa y linda, pero separada de las además. Palermo tiene que volverse un continente”. El desafío de Medellín hoy es la unidad de la ciudad. Para transformarse, esta ciudad tiene que transcender su fragmentación múltiple, y superar la confrontación y hacer más efectiva la cooperación entre los honestos. Medellín, tienen que generar una comunidad de conversaciones, que más allá de articular mesas y foros, permita respirar al unísono y de pasar a una acción colectiva, poderosa y transformadora.
Esto requiere el surgir de un nuevo liderazgo consciente, que no solo reconozca y valore la diversidad de las historias, experiencias y visiones que conforman la ciudad, sino que sea capaz de integrarlas, para lograr un propósito compartido más elevado. No un liderazgo que divida y que critique sin proponer, sino un liderazgo que armonice y que sea generativo. La detección y la formación de este liderazgo consciente es lo que llevará Medellín a un nuevo nivel de conciencia.