La Condena de la O
No entiendo la moda de doblegar el idioma español a la causa feminista. Lo del bendito lenguaje incluyente, del todas y todos, o lo de poner una X donde va una O. No soy filóloga, estudié letras, lo que sé lo he aprendido por el camino, leyendo sin parar porque es lo que más amo hacer. Así que tal vez haya alguien que pueda darme una explicación académica llena de tecnicismos y conceptos que seguro no entenderé por el poco dominio que tengo del tema. Y quizás tengan razón. Pero yo creo que también la tengo, porque aunque no tenga un fundamento académico tengo uno que dejamos de lado, el de la experiencia y el sentido común.
Además de las trabas por las que solemos pasar las mujeres por el sólo hecho de ser mujeres, yo fui una de las que vivió el abuso. Lo que más me sorprendió de esa experiencia fue la respuesta de la gente, porque a pesar de haber vivido oprimida y aplastada, de que era a todas luces obvia la situación en que estaba, la ayuda llegó tarde y el abusador en cuestión no recibió ningún tipo de castigo. Yo cargo con lo mío, pero a mí nunca se me hará justicia y esa es mi realidad. En parte porque mi entorno me instó a hacer algo a todas luces absurdo: pasar la página, olvidar, evitar la polémica. La denuncia es un escándalo. El silencio es más digno. Tan digno, tan marcado, que todavía hay escenas de mi vida que no he podido articular. ¿Ya para qué me digo? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué objeto? ¿Despertar la ira del que saldrá ahora como el agraviado? ¿Para qué nombrarlo años más tarde cuando hemos sido tan “civilizados”?
Él tan hombre. Yo tan mujer. Así se vive el abuso en esta sociedad, sobre todo el sicológico. Está tan institucionalizado que no sólo no se nota, sino que no se conoce, no se comenta, ni se percibe. Si lo has vivido no pierdas el tiempo esperando que alguien te lo valide. No esperes un perdón de nadie. A lo sumo te invitarán a ser valiente, y quizás alguien empático te reconozca el trabajo titánico que te habrá costado reconstruirte por dentro. Pero no usarán esas palabras, y quizás no tengan la culpa, es sencillamente que no lo ven, porque la inferioridad de la mujer está tan arraigada, es tan parte de todo lo que nos rodea que nos define, entonces resulta que no es gran cosa pensar que alguien haya vivido una relación en la que la dinámica era anularte por completo.
Cuando yo salí del abuso se me acercaron varias mujeres, en secreto, en voz baja, a decirme que ellas lo vivían igual que yo. Como si fuera una secta. Lo más desgarrador es que estas mujeres me reconocieron que jamás saldrían de la suya. Y esta es la parte en que te juzgan. Si tuviera una moneda por cada vez que me preguntaron, ¿por qué no dijiste algo? ¿Por qué no te fuiste antes? Como si fuera una receta de cocina. Como si fuera el efecto natural de la causa.
No cuentas porque no hay palabras. Porque cuando estás parado frente a un espejo y miras a alguien de quien no eres dueño es poco lo que puedes hacer por esa persona. No puedes pronunciar tu nombre, mucho menos dar un paso. Mucho menos agarrar una maleta y cerrar una puerta. Se los dice una mujer arrojada y valiente, que así me considero, porque al final lo hice, pero no lo hice sola. Perdoné y seguí adelante y volví a sonreír, pero no he aprendido a defenderme, ni siquiera a merecerme.
Años después todavía escucho las máximas de una superioridad instalada y de una inferioridad casi auto-decretada. Las mujeres que se exilan en vidas que no les son propias. Algunas van felices, otras van guardando su resentimiento y su confusión de vivir una era que nos restriega en la cara nuestras libertades para que la sociedad las niegue después.
No creo que la solución se encuentre en anular la “O”, sino en conquistarla. Al fin y al cabo una X en su lugar no me iba a salvar a mí, en cambio la visión de un ser libre, eso fue lo que me dio la fuerza para sobrevivir.