La Conquista
Basta con darse un paseo por el Museo Naval de Madrid para darse cuenta de que tras la leyenda negra de la Conquista española de América está la larga mano de la propaganda inglesa. Allí, entre otras muchas joyas olvidadas –como el primer mapa cartográfico en el que se representa el continente americano, realizado en 1500 por el navegante Juan de la Cosa–, se conservan varias monedas conmemorativas de la toma del almirante Vernon sobre Cartagena de Indias. Solo que, como bien saben, ni Vernon ni ningún otro inglés entraron jamás en Cartagena. De hecho, Vernon sufrió la más humillante derrota de la armada inglesa en toda su historia. Hasta tal punto que el rey Jorge II ordenó a los cronistas borrar de la historia una tragedia que costó la vida a cerca de 10.000 marinos de la flota anglo-americana y mandó fundir todas las monedas, alguna de ellas con la imagen de Blas de Lezo entregando su espada bajo la inscripción «El orgullo de España humillado por Vernon». Gracias a este pequeño tesoro, sabemos cómo se las gastaban los ingleses respecto a la América española y cómo la envidia les corroía su brumosa sangre. Los ríos de falacias que siglos de historiografía enemiga (inglesa, holandesa, francesa y estadounidense) han vertido sobre la gesta española en América han calado no solo en Iberoamérica sino en la propia España, donde la historia de la Conquista se estudia hasta los viajes de Colón y luego desaparece del mapa hasta la pérdida de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam, en el conocido como «Desastre del 98». La deshonra inducida por siglos de vómito y vilipendio nos ha llevado a referirnos a un continente que habla mayoritariamente español y algo de portugués como «Latinoamérica» en lugar de Hispanoamérica o Iberoamérica.
Hasta tal punto se ha interiorizado la leyenda negra española en América que en la media vida que me he pasado al otro lado del charco han sido muchos los que me han asaltado, en cenas y copetines, con las mismas infamias.
–Ustedes se llevaron todo el oro y nos dejaron en la ruina.
Y así, entre risas y tragos, siempre respondía de la misma forma.
–¿Cuál es su apellido, amigo?
–Heredia. ¿Por qué?
Tras una leve pausa y un largo sorbo, por aquello de darle suspenso a la respuesta, espetaba:
–Porque serían sus antepasados los que robaron las riquezas de América, que los míos jamás pisaron este continente.
Y, de forma recurrente, surgían las mismas réplicas en todos los países que visitaba. «Los conquistadores exterminaron a civilizaciones superiores», «solo buscaban oro», «los aztecas (mayas o incas) eran un pueblo pacífico» y sandeces similares. Mis respuestas eran casi una salmodia. «Si hubieran sido civilizaciones superiores, cómo es que las conquistaron cuatro barbudos famélicos», «si solo buscaban oro, por qué se quedaron hasta ayer mismo, formaron familias, se entremezclaron y levantaron ciudades, pueblos, catedrales y puertos, prácticamente lo que hoy es la América hispana» y la mejor «si los imperios prehispánicos eran pacíficos, por qué los españoles forjaron alianzas con todas las civilizaciones sojuzgadas por aztecas, mayas e incas». Solo así se entiende que Hernán Cortés, con apenas un puñado de hombres, conquistara un imperio de quince millones de habitantes.
Ahora, por fin, un grupo de arqueólogos mexicanos ha demostrado que los aztecas eran unos salvajes de mucho cuidado, como los mayas, capaces de hacer rodar cabezas y extirpar corazones durante días en honor a sus dioses o de edificar macabras torres con los cráneos de sus prisioneros, incluidas mujeres y niños, como han descubierto recientemente estos arqueólogos junto a la catedral de Ciudad de México. Se trataría de uno de los tzompantli descritos en 1521 por Andrés Tapia, compañero de armas de Cortés, una estructura en la que se empalaba frente al público las cabezas de quienes habían sido sacrificados para honrar al dios azteca del sol y la guerra, un tal Huitzilopochtli.
No sé por qué me da que todos los abundantes papanatas que denostan la Conquista habrían preferido caer presos de Cortés antes que vérselas con aztecas o mayas. Unos «pacifistas» de toda la vida.