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La corrupción como sistema

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18 de abril de 2016

Los actos de corrupción se pueden explicar por la suma de comportamientos individuales. Indisputablemente, hay personas corruptas que se aprovechan de las organizaciones y consiguen provecho propio. Sin embargo, en situaciones de corrupción extendida, los individuos corruptos son solo parte del problema. Las organizaciones que integran o de las cuales se aprovechan también estructuran la corrupción. Si la dimensión organizacional no es atendida, las personas seguirán siendo reemplazadas como piezas fungibles de un engranaje, y la dinámica de corrupción perdurará.

En países en los cuales la corrupción es considerada como endémica –por ejemplo, en Colombia – no es suficiente combatir la corrupción a golpe de derecho penal. Claro que hay que sancionar a los corruptos, y que hace falta usar el derecho penal de manera estratégica para sancionar a los poderosos que promueven o se benefician de la corrupción. Recordemos que, especialmente, ellos evaden la persecución oficial: todo está dispuesto para que puedan operar con impunidad, distantes del riesgo de ser identificados y aprehendidos.

Los alcaldes y concejales que caen por corruptos, en distintas partes de Colombia, son parte del problema. Sin embargo, no deberían ser los únicos que reciben el reproche oficial: en el marco de la corruptela extendida, son meros peones de una partida que se mantiene. De hecho, su caída resulta útil, hasta cierto punto, al sistema de corrupción: individualmente son objeto de reproche, socialmente se promueve la idea de la lucha contra la corrupción, mientras todo sigue igual.

Un punto esencial para entender los sistemas de corrupción es que estos no solo se aprovechan de factores de motivación y oportunidad para corromper, sino que también dominan los factores que deberían constreñir y controlar la corrupción.

El tipo de corrupción que opera de manera extendida no solo busca la oportunidad en la coyuntura, sino que, al garantizar que los controles no operen, extiende la oportunidad a todo momento, puesto que anulan el riesgo de sanción. Los sistemas de corrupción se implantan porque promueven valores y prácticas corruptas, despliegan la coerción sin oposición, y neutralizan a los controladores. Así, involucran a muchos, casi a todos – normal, como si nada.

Otro aspecto de estos sistemas es que el comportamiento corrupto no se deriva solamente de personas u organizaciones que abiertamente promueven el crimen y la corrupción. De hecho, tratándose de organizaciones que no son abiertamente ilegales, la estabilización del sistema de corrupción no se logra mediante la invocación directa al crimen sino mediante la permisividad y la facilitación. Desde hace décadas, la sociología advirtió que los ambientes permisivos y facilitadores del crimen eran tan dañinos como las organizaciones abiertamente criminales (por ejemplo, Needleman y Needleman en 1979). Su advertencia, sin embargo, no tuvo eco.

En Colombia, pululan las organizaciones que usan la coerción para promover el crimen y la corrupción. Estas, por lo general, son reprochadas socialmente. También abundan las organizaciones que favorecen la corrupción mediante la pasividad y la permisividad. Estas no son objeto de reproche social; su inacción se percibe como inofensiva. La corrupción se incrusta en la operación cotidiana: acontece, todos lo saben, y nadie hace nada, normal. La corrupción persiste como parte de la operación organizacional, depende y se reproduce mediante el ambiente facilitador.