La Corrupción y el Pueblo
Amable lector. Es probable que antes haya hecho mención de la inquisición. En esta oportunidad haré un breve repaso sobre tan infausto pasado de la humanidad. La inquisición no fue propiedad de la Iglesia católica. Sus orígenes se remontan al siglo XII en Francia, luego pasó a Inglaterra y más tarde a España y Roma.
El adicto sexual Enrique VIII, rey de Inglaterra, molesto porque el papa no le concedió el divorcio de Catalina de Aragón, para casarse con su amante Ana Bolena, se proclamó jefe supremo de la iglesia de su país. Todos los súbditos debían rendirle obediencia, muchos que no lo hicieron, fueron decapitados, entre otros, el obispo John Fisher, Tomas Moro y más tarde Ana Bolena.
La Iglesia católica permitió la tortura para conocer la verdad. Por fortuna los inquisidores debían ser justos, misericordiosos y piadosos. Quienes aplicaban los castigos no siempre imponían la pena capital. A unos los torturaban en público, a otros en privado. Muchos fueron enviados a prisión perpetua y a algunos les confiscaron sus bienes.
Galileo Galilei por afirmar que la tierra era redonda debió retractarse para no ser excomulgado. Igual suerte corrieron otros por escribir algo contrario a las doctrinas cristianas de ese entonces. Juana de Arco, una joven que venció a los ingleses en una batalla, fue condenada a la hoguera.
Un amigo me llamó a decirme: “Que las tres últimas reformas tributarias además de ser ignominiosas, son difusas y extravagantes. El decreto sobre las entidades sin ánimo de lucro consta de 65 páginas casi incomprensibles. Antes en las leyes los artículos se enumeraban a partir del 1 en forma consecutiva. Ahora, a manera de ejemplo, así: artículos 1.1.1.1.9-15, 1.2.1.1.9-16, 1.2.1.1.9-17. A lo anterior se debe agregar el exceso de minucia en la redacción de los textos.
Las leyes del impuesto sobre la renta nunca han sido gratas a los seres humanos. Sin embargo, se había procurado que fueran claras y fáciles de aplicar. Ahora, quienes se han ocupado, no solo de su contenido sino de su redacción, tal vez buscando ser originales, escriben en forma confusa, ambigua e irrespetuosa con la lengua castellana y total desprecio por el lector. Pero lo peor es que se han convertido en un estímulo para la evasión y fraude fiscal.
En la agonía de este Gobierno, en el que ha habido más sombras que luces y en el mañana se vislumbra una gran tempestad, hay una tenue esperanza de que el pueblo, es decir, el común de la gente, rechace en forma espontánea y vehemente la corrupción que nos asfixia. Que lo haga a gritos como lo está haciendo contra los jefes de la guerrilla, que con la ayuda de Juan Manuel, aspiran a ser presidentes. Es el pueblo el que puede protestar, pues los que tienen mucho, seguirán siendo prudentes.