LA CRISIS NO ES SOLO POLÍTICA
Hace unas semanas participé en un encuentro preparatorio de una conferencia que organizaré en Lisboa para la Fundación Champalimaud sobre la crisis de la democracia representativa. Al encuentro asistirán, además de los responsables de la fundación, el sociólogo francés Alain Tourraine, el politólogo francés Pascal Perrineau, el sociólogo francés Michel Wiewiorka, el ministro de Cultura de Chile Ernesto Ottone, el presidente del Instituto de Acción Cultural en Brasil Miguel Darcy, y el editor y escritor estadounidense Nathan Gardels, entre otros intelectuales.
Los debates resaltaron que la población desconfía de la justicia e incluso de la capacidad de gestión de los sistemas políticos partidistas prevalecientes en las democracias representativas. Uno de los asistentes citó al constitucionalista famoso en la historia de Francia, el abad Emmanuel Joseph Sieyès (1748-1836), que afirmaba: “Si el poder viene de los que están arriba, la confianza viene de los que están abajo”. De esta crisis escapan, obviamente, los países en los que prevalecen formas autoritarias de mando, en los cuales cuenta la represión, no el consentimiento.
Perrineau llamó la atención en datos que muestran que no ha disminuido la confianza en las familias, las instituciones comunitarias, en el localismo. La crisis parece ser más “política” y cuanto más distante se está de los centros de poder, más se desconfía de ellos.
Existe innegablemente una dimensión territorial: mientras más alejados están los núcleos de población de las nuevas modalidades de producción y de la vida asociativa contemporánea “en red”, mayor es la probabilidad de su arraigamiento en las tradiciones, mayor es el “conservadurismo” y mayor el temor de lo “nuevo”, principalmente la sustitución del trabajo humano por máquinas. Más todavía por máquinas “inteligentes”.
Hay más: en esta quiebra de confianza van entremezcladas las instituciones políticas creadas a lo largo de los últimos dos siglos, los partidos y los parlamentos. El analista se sorprende cuando ve que en la distribución del voto, tanto en las últimas elecciones francesas como en el referendo británico sobre la salida del Reino Unido de la Unión Europea (el Brexit), o en las de Estados Unidos que llevaron a Donald Trump a la presidencia, el “voto operativo” se desplazó hacia la “derecha” y junto con él se fue también buena parte del voto proveniente de lo que se llamaba la “pequeña burguesía”. El Partido Laborista inglés, los demócratas de Estados Unidos y los socialistas y comunistas en Francia fueron atropellados por el voto conservador o, ¿quién sabe?, por la formación de una mayoría de otro tipo, como hizo el nuevo presidente Emmanuel Macron.
En resumen, hay algo nuevo en el aire y no solo en las regiones brasileñas. Se está formando una nueva sociedad y no se ve con claridad qué instituciones políticas podrían corresponder a ella. Dicho a modo gramsciano (la teoría política elaborada por el filósofo italiano Antonio Gramsci, 1891-1937): lo viejo ya murió y lo nuevo todavía no se vislumbra. Y si se vislumbra, agrego yo, no se reconoce.
Es innegable que la “nueva sociedad” incrementa la movilidad social (se forman lo que, a falta de mejor nombre, se ha dado en llamar las “nuevas clases medias”) y, al mismo tiempo, crea contingentes nada despreciables de desocupados o de ocupados inadecuadamente (nuevas formas de subempleo). Al mismo tiempo se deslegitimizan las formas institucionales anteriores, los partidos e incluso las formas de cohesión social (las clases con sus sindicatos y asociaciones). Se crean sociedades fragmentadas en las que, en situaciones como la brasileña, se suma la fragmentación de los partidos. En cualquier caso, se da la pérdida de su credibilidad. Poco a poco se disipan los lazos entre la “sociedad” y el “sistema político”. Sin embargo, hay más por entender y contextualizar que tan solo la crisis del sistema representativo.
¿Implica eso que el nuevo populismo lleve a la “derecha” al poder? No necesariamente. Touraine, en su presentación, se refirió a un tema que le es muy querido: la libertad, la igualdad y la dignidad son los conceptos en los que hay que persistir. Pero, ¿cómo?
Trump juntó a los resentidos de la vieja sociedad, de la “franja industrial”, temerosos de los otros y del futuro (ahí ven a los inmigrantes, a los terroristas o, en su extremo, a los musulmanes) y ganó. Macron, empero, ganó defendiendo la libertad y el progreso (la globalización y la integración de Europa) y combatió a las corporaciones, poderosas en Francia.