Columnistas

La cuaresma

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16 de febrero de 2018

El relato evangélico de las tentaciones de Jesús en el desierto durante cuarenta días, la cuaresma, constituye una página maestra de la literatura universal, la teología, la espiritualidad y la mística, según el punto de vista del lector. Lo cual indica su riqueza inimaginable por aquel de quien habla y lo que dice de él, Jesús de Nazaret.

El capítulo cuarto de san Mateo comienza así: “El Espíritu condujo a Jesús al desierto para ser tentado por el diablo”. Cuatro palabras, el Espíritu, Jesús, el desierto y el diablo forman aquí asombrosa unidad.

El Espíritu que guía a Jesús es el distintivo de su vida entera, extrema solicitud en su cultivo interior que lo hace inmune a toda tentación diabólica y lo convierte en el modelo y guía de todo hombre.

Jesús, Dios hecho hombre, el milagro de los milagros, el misterio de los misterios, manifiesta en el desierto su condición humana, sometido a la tentación en sus diferentes formas, aun las más seductoras.

Una admiración sin fin invade a quien lee el pasaje de las tentaciones de Jesús en el desierto. Convertir piedras en panes después de cuarenta días de ayuno, lanzarse del alero del templo al vacío, y más aún, postrarse para adorar al dios Dinero, que son “todos los reinos del mundo y su gloria”, constituye una tentación que sólo quien es conducido por el Espíritu es capaz de superar.

El desierto es el mundo en que vivo. Mi vida está determinada por el modo como me relaciono con cada ser de la creación y sobre todo con el Espíritu que me conduce. Me sorprende sobremanera que cada gesto mío sea mi modo de acogerlo. Y manifestarlo.

Presintiendo su muerte, Jesús dice a sus amigos: “No los dejaré huérfanos”. Testamento que los llena de felicidad, y más al agregarles: “Yo le pediré al Padre que les dé otro abogado que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad” (Jn 14,18).

Como Jesús, todo hombre es conducido por el Espíritu en el desierto de la vida, y la cuaresma es tiempo privilegiado para cultivar el espíritu con que vive y actúa. Así encarna y manifiesta el Espíritu, siendo esta su espiritualidad.

El Espíritu está presente en todo como “Señor y Dador de la vida”. Quien cultiva su sensibilidad siente su presencia misteriosa haciéndolo invencible como a Jesús. Espíritu que se manifiesta en todo sentimiento positivo de paz, alegría, confianza, fortaleza, acogida, generosidad, entusiasmo, gusto de vivir. Lo que el amigo me trae al visitarme y me deja cuando se va.