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La cultura en la canasta familiar

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Ingeniero de Producción de EAFIT y magíster en Administración Pública de Harvard, quien con su liderazgo humanista ha revolucionado la asistencia social en Antioquia. Desde el liderazgo en Comfama impulsa la cultura, el arte y la educación como motores de transformación social. David cree que Medellín puede reinventarse como una zona azul urbana, ejemplo mundial de salud, comunidad y felicidad.

19 de febrero de 2018

Hace unos días tuve una conversación que sería la envidia de tu tertulia. Es que en las reuniones amplias se pierde a veces esa profundidad y cercanía que tienen los encuentros íntimos de tres o cuatro personas, en los que todo fluye como en una danza. Fue en mi oficina cuando Ana invitó unos amigos a hablar de música, educación musical y orquestas.

Confieso que cuando me proponen un gran sueño, que además es hermoso, me entusiasmo. Fuimos hablando, oyéndonos, y nos imaginamos una ciudad con conciertos en cada plaza, música para todos, a toda hora, pensamos en los músicos con más educación compartiendo y enseñando a los que aprendieron en el barrio o el colegio. Nos imaginamos una ciudad de melómanos, con grandes empresas musicales para el mundo entero. El género no importa, pero sí te digo que nos soñamos calidad, cantidad y goce.

Uno de los invitados opinó que Maslow definitivamente se equivocó con su famosa pirámide. Jerarquizar las necesidades dejando la autorrealización al final, sin mencionar explícitamente la necesidad por el arte y la belleza es contradecir la historia y la evidencia empírica. ¡Idea seductora para varias horas de conversación! Yo diría que Maslow se ubica desde una perspectiva paternalista, con una base sobre todo económica y sin suficiente observación directa.

Piensa qué ves cuando visitas cualquier barrio o pueblo de Colombia. En todas partes hay antenas de televisión, equipos de sonido con buenos parlantes y música en los celulares. No creo que haya un solo colombiano que acepte que la música, el baile o incluso más ampliamente, el entretenimiento, deban solo disfrutarse después de asegurar comida, ingresos, vivienda, etcétera. Si alguien de tu tertulia tuviera una crisis económica, seguramente no dejaría de leer ni de asistir a tu estimulante conversación, donde se aprende, se goza y se siente.

Otra cosa me gustó de lo dicho esa tarde. Que la cultura es importante no solo por razones estéticas o éticas, sino económicas y de desarrollo. En este siglo el arte y la tecnología parecen reconciliarse en el mundo empresarial. Piensa tan solo en el inmenso poder de la informática cuando se encuentra con el diseño, el juego y la creatividad. Recuerdo la respuesta de Einstein a la pregunta de cómo hacer que los niños fueran más inteligentes: “Léales cuentos de hadas. Y si quiere que sean más inteligentes, léales más cuentos de hadas”.

Qué bueno sería invitar a los empresarios, políticos y economistas de tu tertulia a que nos expliquen cómo podemos poner la cultura, la música, la pintura, el cine, los libros, el teatro y otros, en la canasta familiar y en los presupuestos de las empresas. Sería maravilloso reconocer que la ficción, las artes y la música nos nutren tanto como los alimentos del cuerpo. Que en esa tertulia haya músicas del mundo y de nuestra tierra. ¿No fue Nietzsche quien escribió que un día sin danza es un día perdido?

Se despide, tu contertulio epistolar.