La desbandada de los leales
Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.
La torpeza en los primeros meses de la presidencia de Iván Duque cambió el equilibrio de poder en Colombia. La evidente ausencia de voz propia, los bandazos administrativos, los discursos insulsos o la construcción de una personalidad distante de las problemáticas del país -que por momentos coquetea con la ridiculez-; tiene a la oposición frotándose las manos y al uribismo meneando la cabeza.
Aunque el ahora senador Uribe mantiene un discurso de apoyo al huésped que él mismo impulsó, se hace evidente que las cosas no van como la derecha esperaba. Parece un mandato demasiado blando para el gusto de los que promueven la mano fuerte, y demasiado confundido para aquellos que, menos radicales, le dieron su apoyo en aras de detener a Gustavo Petro. Duque, por ahora, no existe como figura de poder y es un personaje rodeado por el desconcierto general.
Digamos que estos primeros malos tragos respondan a un embate mezquino del mundo político opositor. Ataques que se aprovechan de la flaqueza que el Ejecutivo mostró desde sus primeros discursos y que no son muy distintos a los que han ocurrido en otros momentos de particular división nacional. Lo grave (o más grave, si se quiere) es la acelerada desbandada del apoyo popular, que no siente ninguna dirección presidencial y hace eco, cada vez con más fuerza, a un sentimiento de orfandad. Los números son para el llanto: la historia reciente del país no recuerda un presidente más impopular que el actual.
En épocas de opiniones masificadas y verdades truncas, un inicio empantanado como el de Duque es una verdadera pesadilla. Arrancar desde atrás, cuando el proceso político apenas inicia, es una desgracia para el presidente y para aquellos que lo rodean. Por eso las caras largas y los cuchicheos y las voces inconformes incluso entre el amplio grupo de derecha y de centro que lo vendieron como una cara joven, refrescante y capaz.
No estamos lejos, si las cosas siguen como van, de ver cómo se alejan del mandatario los que hasta hace poco fueron aliados. Los viejos y los advenedizos. Porque aferrarse a un sujeto impopular, más aún cuando se mueven las fichas para elecciones próximas, es un suicidio. Y ya todos sabemos que en esto de la política colombiana no hay lealtades. El presidente Duque está a semanas de comprobarlo en carne propia.