Columnistas

La escalera de Szyszlo

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18 de octubre de 2017

Al fondo de un cuadro de Fernando de Szyszlo, de 1990, desciende una estrecha escalera de piedra tenuemente iluminada. Son siete peldaños que caen a un espacio desierto, iluminado a tramos desde puertas laterales por donde entra luz de sol. En primer plano, sobre una mesa de madera negra, hay un desbarajuste de objetos pulidos, canoas, cuernos, tal vez huesos.

La obra debió de ser realizada en la casa limeña de San Isidro donde vivía y trabajaba el pintor desde hace 43 años. Y donde murió el lunes de la semana pasada al resbalar en un peldaño de la escalera que da a la sala. Al rodar jaló a su esposa Lila Yábar. Él de 92, ella de 96 años. Los bomberos encontraron los cuerpos inertes con heridas en la cabeza. El accidente fue a las 4.40 pm.

¿Pintó Szyszlo el escenario de su última tarde? El año pasado publicó su libro autobiográfico “La vida sin dueño” en el que afirma que “el arte es una protesta contra la muerte” y que frente al lienzo tiene “cierto vértigo de deseo”.

Su tío escritor, Abraham Valdelomar, había muerto en Ayacucho en 1919 al caer de una escalera y romperse la columna vertebral. ¡La escalera, la escalera!

Fue el primer pintor abstracto del Perú, dejó 3 mil cuadros acerca de los cuales decía que no eran para entenderlos sino para que le gustaran a la gente, así como sucede con la música. Pintó hasta el último día.

Hay que ver las fotos de su cara triangular: nariz de piedra, surcos desde el ala de esa nariz y desde las comisuras de los labios hasta el mentón, cejas que pueblan los ojos hondos, patillas largas blancas, calvicie de nieve, nervios del cuello pronunciados que enmarcan un hueco profundo. Una escultura severa.

Llevaba 30 años de matrimonio con Lila. Se amaron siendo ambos sexagenarios. Se dieron todo. “Salimos, viajamos, intentamos divertirnos, también gozamos de la paz de estar juntos y compartirlo todo. Casi no nos separamos”: así relata su cotidianidad de pareja.

En la tarde del 9 de octubre él comenzó a bajar las escaleras del cuadro con objetos pulidos tal vez incas. Vio allá abajo el deslumbre del “sol negro”, nombre de su obra más famosa. Trastabilló, sintió cierto vértigo de deseo, supo que debía consumar su obra.

Ya no era un hombre solo, advirtió que su vida tenía dueña. Tomó de la mano a Lila, ella asintió. Cuando llegaron las autoridades encontraron sobre la mesa de madera negra los quizá huesos de su suma obra de arte.