La escuela y las manecillas del reloj
En mis estudios de bachillerato en el Seminario Conciliar de Jericó, le preguntábamos por señas al campanero qué hora era. Él no miraba su reloj; se hundía el dedo índice de la mano derecha en el estómago, y decía: faltan diez para las doce. El dato esperado era el momento en que iríamos al comedor, y que marcaba una referencia importante: la mitad de la jornada de estudio. Siempre he dicho que, con los bemoles que nunca faltan, mi bachillerato fue como una novela, y de las mejores. Por eso tengo los más gratos recuerdos de ese tramo de seis años, y siento el más profundo agradecimiento con quienes allí me acompañaron en el aprendizaje. Sin embargo, cuando se aproximaba el período de vacaciones, muchos contábamos rigurosamente cuántas arepas faltaban para ese día en que nos subiríamos al bus escalera que nos llevaría de regreso a nuestro pueblo. Ese era nuestro sistema de medida del tiempo, las arepas del desayuno.
El tiempo es una sensación relativa en todas las escenas de la vida. Lo que vivimos, lo que hacemos, lo que esperamos, lo que pasó, usualmente no lo medimos con la vara estricta y matemática del reloj. De muchos eventos decimos: parece que fue ayer, se me fue el tiempo como un suspiro, o se me hizo una eternidad.
La escolaridad es buen referente para sentir esa relatividad del tiempo. Cuando no marca la sucesión de hechos novedosos y atractivos, se vuelve monótona y eterna. Si suenan los tres toques de campana una hora antes de lo previsto, es incontenible el grito de júbilo de los estudiantes. Y muchas veces parece que los docentes, aunque no debieran expresarlo, se unieran a esa sensación de libertad y respiro, enterados de que una hora menos deberán capotear la presión anímica de sus estudiantes. Esa escena es buen termómetro para medir los niveles de pasión, complacencia, satisfacción y pertinencia en la escolaridad. En esas eventualidades no falta quien llegue a la rectoría a protestar porque se ha recortado el tiempo de clases. Pero esa es una situación excepcional.
Nos conmueva o no, seguimos concibiendo la escuela dentro del sistema carcelario. Como las penitenciarías, es un espacio panóptico -donde todo se ve y se controla-. Revisando, aún las más recientes, encontramos que son lugares enrejados y de ventanas clausuradas. Por eso, la excusa de enfermedad, inventada en ocasiones con creativa marrullería, no es algo extraño para justificar la inasistencia a las clases. “¿A qué hora nos van a soltar?”, le escuchamos algunas veces a los estudiantes, como si estuvieran retenidos. ¿Cuándo evolucionaremos hasta entender que la escuela tiene que ser un espacio abierto, que, como insistía John Dewey en el comienzo del siglo pasado, es lugar de encuentro y experimentación? Esto llevaría a una reconsideración de la idea que aún persiste de la arquitectura reiterada de las escuelas y del diseño de sus espacios interiores, para crear la sensación de apertura y acogida, conseguir que ese entorno sea un espacio de ilusión, de inquietud investigativa, de encuentro real entre pares; en definitiva, que la escuela sea atractiva y seductora.
Hoy tenemos escuelas -muy pocas- en las que el tiempo vuela, pero muchas otras en las que el tiempo se suspende, los estómagos se arrugan, las cabezas se ahuecan y las miradas se pierden en el horizonte, esperando el último tañido de la campana, un quiebre de escena. El tiempo se detiene en los claustros en los que los ojos de los estudiantes oscilan entre los cuadernos, la lonchera y las agujas del reloj.