Columnistas

La felicidad también

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28 de mayo de 2018

El hombre más afortunado del mundo es el que sabe lo que quiere. El que tiene claro quién quiere ser el último día de su vida. Adónde quiere estar, para llegar haya que atravesar un camino lleno de incógnitas. Dicen que lo único más difícil que cambiar el pasado es predecir el futuro. Pero hay algo de un hombre decidido que sabe batir el pesimismo con optimismo que lo vuelve casi un oráculo. Hay hombres que saben a dónde quieren llegar y morirse sin lograrlo es su único miedo. Lo demás es parte de la aventura.

No deja de preocuparme cómo países de América Latina desperdician su capital humano por culpa de la pobreza, de la falta de oportunidades para niños que pasan ciclos de escolarización que sirven más para tranquilizar a los políticos y para hacerlos ver bien en las estadísticas que para aprovechar al capital humano de un país y enseñarle a la gente a pensar por sí misma.

Nuestros países están llenos de gente capaz de hacer grandes cosas. Grandes deportistas, científicos, poetas, humanistas pero se van por el colador de la desigualdad y la vida se lleva todas esas posibilidades por delante. Aunque es cierto que el mundo ha avanzado enormemente gracias al capitalismo, que en realidad nunca tuvimos más paz y que a pesar de la frustración que como ciudadanos cargamos encima porque no pareciera que los gobiernos nos escuchan y que los políticos son cada vez más corruptos y las sociedades más violentas, es como si hemos llegado a una especie de estancamiento.

Nada más ver las discusiones sobre política le deja a uno la sensación de que estamos en un mundo de desencuentro fatal. Cada quien tiene su versión del mundo. Como si fuera una novela a la medida. El argumento más común es que la verdad es relativa y que cada quién tiene la suya. A ese paso dentro de poco será casi imposible juzgar a un asesino. O todo lo contrario, no habrá justicia, al menos no la jurídica, que por más lenta que sea al menos se esfuerza en el respeto de derechos fundamentales. Entonces juzgará la turba por redes sociales. Esa que se esconde tras una pantalla, tras una cuenta y que hace todo el daño que puede con sus palabras. En extremos. Sin convicciones. Así estamos. Así nos movemos.

Esa indefinición, esa ira, esa sensación de vivir perdidos, es un síntoma de una sociedad de gente que no sabe lo que quiere. Materialismo, influencers, haters, viralidad, que te miren, que te lean, tener la última cartera, el zapato, el carro del celebrity. Este es un mundo en que un video de 500 euros se agota porque lo usó una señora en una boda real. Historias de Instagram que duran nada. Mientras más sucinto mejor. Mientras menos expliques mejor. Si un video sobrepasa el minuto ya aburre. Todo es rápido. Cada vez con menos sustancia. A la medida del tiempo, no de la persona. Se le habla a la pantalla. No al ser humano.

Las ideas profundas necesitan tiempo. El alma necesita descubrirse. Pero cada vez eso se hace más difícil por no decir que riesgoso. El pensamiento se valora cada vez menos y estamos perdiendo la capacidad para escucharnos, si es que llegamos a tenerla. Los padres nos preocupamos por una educación basada en resultados, pero no necesariamente en búsquedas. Importa el papel. Lo que se pueda decir en el bio. ¿Y tú cuánto tienes? ¿Y tú qué has hecho? Pareciera que toma prioridad frente a ¿Y tú qué quieres?

Dicen que en un futuro mucho más próximo de lo que imaginamos los robots van a dominar mucho de lo que hoy controlamos los hombres. A veces pareciera que este es el apocalipsis. Y da miedo. Mucho miedo. Pero a veces me pregunto si eso no nos devolverá el tiempo para pensar. Para darnos permiso de respirar. Para dejarnos buscar muy dentro lo que queremos ser. Después de todo, alguien que ama lo que hace, gane poco o mucho es alguien rico. Y sin duda que así es que realmente se construye la prosperidad, no sólo para nosotros en lo personal, sino para nuestros países. El mejor regalo que podemos hacernos es el tiempo de descubrirnos, de soñarnos, de visualizar nuestro futuro. No sólo el éxito se hace más probable, la felicidad también.