LA FIESTA DEL DOMINGO
Por Alonso Giraldo Castro
Universidad Católica de Oriente
Facultad de Teología, 10° semestre
feralogircas@gmail.com
La mayoría de los empleados, después de un fatigoso trabajo y tras una satisfactoria labor, esperan el fin de semana. El domingo, es el momento para revitalizarse e iniciar la nueva semana.
En nuestra cultura hodierna, existen planes para este día: ir de compras, comer en un restaurante, ver una película, visitar un familiar, asear el hogar, dormir..., etc.
En una sociedad en la que el mayor interés está en la producción, este día nos da espacio para pensar en la gratuidad, en el sano ocio, en la familia y en el cultivo de los gustos personales.
Por esta misma razón, no deberíamos omitir en nuestras vidas el encuentro con el Señor, a través del sacramento de la Eucaristía. El domingo debe ser el día del descanso, pero sobre todo día del Señor.
Infortunadamente, por el desconocimiento en materia religiosa, para algunos el desplazarse a un templo es solo una carga innecesaria.
Sin embargo, cuánta riqueza hay en la misa. La eucaristía es el encuentro con el Señor mismo, que es cercano y se interesa por nuestras vidas. Su presencia es tan real y tan penetrante que se ofrece como alimento.
La celebración permite el encuentro con la comunidad. Hermanos de distintas condiciones y con distintos anhelos, se unen en un único clamor y se apoyan en sus peticiones.
También se ofrece comunión con la historia y el mundo, pues el mismo rito se ha celebrado desde los primeros siglos del cristianismo, y se extiende hasta todos los confines donde haya creyentes.
Cabe recordar el ambiente festivo que debe envolver la eucaristía: es banquete, es fracción, es alabanza, es memorial.
Qué bueno sería una comunidad famélica de estos dones. Que el pan y el vino, que se transforman en el cuerpo y la sangre del Señor, fuesen una necesidad vital para las familias. La mayor pobreza es prescindir del alimento que da la vida eterna.
La misa también borra el pecado y por tanto destruye el mal. Si prolongáramos este sacramento desaparecerían las injusticias y el mal, que se esfumarían ante el poder de la entrega y el servicio.
El domingo, por eso, debe ser el día de la fiesta del Señor.
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