Columnistas

La fragilidad se protege

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17 de febrero de 2015

Un país donde los abusos a los niños son pan de cada día, una sociedad que se despierta a medias cuando masacran a menores pero que se olvida rápido del asunto porque hay un carnaval por ahí o una Miss Universo que llaman más la atención, es una sociedad que está enferma por completo. Y adivinen qué... Colombia es esa sociedad.

Hace 12 días, dos tipos mataron a sangre fría a cuatro niños en la vereda El Cóndor del municipio de Florencia, Caquetá. Dicen que los sicarios hicieron “la vuelta” por $500.000. Sin ningún remordimiento, sin piedad, aceptaron el encarguito. Conclusión: estamos en una sociedad infestada de insanos. Enfermos sexuales que les gustan los niños para desfogar su libido, gente tarada que no le importa pegarle patadas a un bebé como si fuera un balón, irresponsables que preñan a las niñas para llevarse el trofeíto de su virginidad, estúpidos que creen que los niños son desechables y deben estar en los basureros, miserables que les gusta verlos cargando un fusil y desalmados que les disparan a los niños sin pensar en que alguna vez también fueron como ellos.

Las cifras dan cuenta del absurdo: 7.624 casos de niños abusados sexualmente y un aumento de 50 % en los asesinatos de menores en 2014. Cada día matan a dos o tres menores en la tierra del Sagrado Corazón. Cerca de 7.500 niños y jóvenes han sido reclutados en los últimos 20 años y si a esto le sumamos la cantidad de menores desplazados y en condición de pobreza extrema, estamos literalmente jodidos. Somos la tierra de los niños marginados. Basta con mirar la casa donde vivían los masacrados en Caquetá: un rancho de tablas y lata donde la dignidad no había cruzado la puerta de entrada.

Sin embargo, el Estado Colombiano dice tener las leyes y las instituciones que garantizan el cuidado de los niños. La Constitución de 1991 establece que “los derechos de los niños prevalecen sobre los derechos de los demás” y somos suscriptores de todas las iniciativas globales como la Convención sobre los Derechos del Niño, de las Naciones Unidas. ¿Y?... ¿De qué sirve ese bonito dulzor de protección cuando la realidad es a otro precio? La inoperancia del Estado es aprovechada por los miserables para hacer y deshacer con los niños. Pregunta: Cuando se desmovilizaron los paramilitares, ¿qué pasó con todos los menores que estaban en armas? ¿Será que en La Habana, en la Mesa de Conversaciones, ya sacaron un “tiempito” para hablar de la cantidad de menores combatientes que están en las filas de las Farc?

Es difícil pensar en soluciones, pero tienen que existir. Habrá algunos convencidos de que el asunto se arregla con la pena de muerte. Suena un tanto reactivo y pasaríamos a ser unos justicieros legales. Ponerle cabeza fría al asunto puede mostrar un camino sensato para tallar a instituciones como el ICBF y exigirle mucho más rigor con el cuidado de los niños, para presionar como sociedad civil a la Policía y que no deje pasar ni una zarandeada de mano a un niño, para que los maestros, que son catalizadores de las situaciones familiares de los pequeños, se convenzan sin temores de que tienen que ser los primeros denunciantes de situaciones sospechosas y que no caigan en complicidad por omisión.

A pesar de lo complejo del tema, no olvidar que los niños son frágiles por definición. Y sencillo: lo frágil se protege. Esa es una ley de la vida que no requiere mucho cacumen para entenderla.