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La frustración no es una desventura, es una enseñanza

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05 de noviembre de 2018

Contrario a lo que algunos expertos aseguraron hace unos años y a lo que muchos padres todavía creen, la frustración no solo no arruina la felicidad de los niños sino que una cierta cantidad es esencial para la formación de su carácter y su sano desarrollo emocional y social.

La principal tarea de los padres es la de facilitar y procurar que los hijos desarrollen las cualidades, habilidades y valores necesarios para que puedan ser los autores de su propia vida y triunfar en ella. Esto exige, entre otros, que ellos se críen en un mundo consistente con la realidad que tendrán que vivir como adultos, lo cual incluye una cierta dosis de frustraciones. Lo cierto del caso es que sólo si se experimentan desde temprana edad ellos podrán aprender a tolerarlas y a superarlas sin desfallecer.

La frustración permite que los hijos desarrollen importantes capacidades tales como la recursividad, la creatividad y los mecanismos para arreglárselas en forma diferente a lo previsto. Así mismo, promueve la perseverancia al llevar al individuo a hacer nuevos esfuerzos e intentos cuando no todo les resulta tal como lo esperaban. En cualquier campo de la vida, las personas con mayores posibilidades de triunfar son aquellas que perseveran y las mejor preparadas para enfrentar las vicisitudes porque han luchado para lograr lo que anhelan.

Darles demasiados privilegios a los hijos inhibe el desarrollo de las capacidades y virtudes fundamentales para triunfar en la vida, lo que deteriora la confianza en sus capacidades y sin estas raramente una persona podrá tener éxito y ser feliz. Lo cierto del caso es que la responsabilidad de los padres no es la de hacer todo lo posible para que los hijos vivan dichosos, sino la de promover el desarrollo de los atributos y cualidades que les permitirán que ellos logren ser personas felices.

El materialismo es una “condición” hereditaria que se pasa de una generación a otra y no es tanto la fijación a las cosas, como la obsesión por tener más cosas. Es por eso que los niños que tienen demasiado raramente aprecian lo que tienen. Lo cierto es que la sobreabundancia lesiona a los hijos y no les permite que desarrollen los valores y las cualidades necesarias para triunfar en su vida.