La fuerza del silencio
Los árboles crecen en silencio. El bebé en el vientre de su madre también. El sol nos da calor en silencio. Un elemento que cada vez se ha perdido más en nuestro tiempo invadido por el ruido y el bullicio. Este es el argumento de un libro extraordinario, recientemente publicado por el cardenal Robert Sarah, hoy prefecto para la Congregación del Culto Divino, la Disciplina y los Sacramentos: La fuerza del silencio.
Con agudas críticas a la sociedad occidental, este hombre, original de Guinea, África, invita en su libro a “salir del tumulto interior” para “hallar a Dios”.
El silencio es para muchos visto como algo malo, como “apariencia de debilidad, ignorancia o falta de voluntad”, como un vacío del cual es necesario huir a toda costa porque muchas veces el hombre silente es visto como un “subhombre”, dice el autor. Y como hoy no faltan atractivos que nos alejen del silencio, el hombre vive cada vez más esclavo del ruido. Dedica menos espacio a sí mismo. Está desconectado con su mundo interior e hiperconectado con el exterior.
Pero en muchos casos, el hombre que sabe callar, el hombre que busca algunos espacios de soledad y calma puede ser más valiente. En situaciones de conflicto, el silencio puede ser más sabio que las palabras que podrían ser hirientes y desatar un mal peor.
Cuenta el cardenal Sarah cómo uno de los peores riesgos es “hacer por hacer” e invita a resistir a esa tentación “buscando ser antes que hacer” y en muchos aspectos de la vida, la falta de recogimiento y de silencio puede convertirse en “el trabajo de un pocero que horada pozos de agua muerta”.
El autor califica el bullicio acelerado como “una droga de la que (el hombre) se hubiera hecho dependiente, (porque) le da seguridad”.
“Los sonidos y las pasiones nos apartan de nosotros mismos”, señala más adelante. “Mientras que el silencio siempre obliga al hombre a interrogarse sobre su propia vida”.
¡Cuántas grandes decisiones son gestadas en el silencio! Quizás aquellas que han dado un giro en la vida de quien las toma y que a lo mejor han contribuido al cambio de su entorno o de una sociedad entera.
“El ruido es un ansiolítico engañoso, falso y adictivo. El drama de nuestro mundo nunca se entiende mejor que la violencia de un ruido vacío de sentido que odia obstinadamente el silencio”, agrega el cardenal Sarah.
Un libro que invita a un diálogo abierto, a escuchar a los demás como “expresión de la conciencia de nuestra humildad para aceptar recibir del otro un don que Dios nos hace. Porque el otro siempre es una riqueza y un don precioso que Dios nos ofrece para crecer en humildad, en humanidad y en nobleza”.
En la vida cotidiana vale la pena por algunos momentos salir del bullicio y entrar en la dimensión del silencio que permite al hombre tener más contacto consigo mismo a través del encuentro con su creador para degustar de aquellos misterios tan grandes en los cuales las palabras -y mucho más los ruidos- se hacen cortos.