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LA GUERRA DE LOS ALIMENTOS

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02 de abril de 2018

A medida que la industria de los alimentos se apodera de nuestra mesa, cada día se vuelve más difícil comer bien y, sobre todo, hacerlo en forma saludable.

Las causas son variadas y complejas. Una de ellas es la desaparición de la agricultura de subsistencia que permitía que los alimentos se consumieran en las mismas regiones donde eran producidos. Los vegetales, las frutas y la carne iban “de la granja a la mesa”. Hoy recorren cientos de kilómetros para viajar de las zonas de cultivo a los centros de acopio mayorista, luego a las fábricas y, por último, a los supermercados o a las tiendas minoristas, donde la gente los compra.

Otra es el desconocimiento de los consumidores acerca de los ingredientes usados para procesar los alimentos por parte de la industria y sus efectos en la salud.

Otra es la satanización de los alimentos. Cada cierto tiempo, el turno es de las grasas, el café, los carbohidratos, la leche, el azúcar, los huevos, el glúten... Son tantas las amenazas que cuando nos sentamos a la mesa, el sabor y el disfrute son reemplazados por las cavilaciones...

Hace unos años, la demonización de las grasas desterró de muchas mesas las carnes de origen animal. Hoy el nuevo Satán es el azúcar.

Por supuesto que me preocupa mi salud, pero a veces prefiero divertirme con estas cosas para poder levantarme de la mesa sin remordimientos.

Hace pocos días, por ejemplo, disfruté leyendo una noticia sobre las dificultades que se han presentado en la renegociación del Tratado de Libre Comercio (TLC) entre Estados Unidos, Canadá y México por el etiquetado frontal de advertencia en alimentos y bebidas no saludables.

Estados Unidos no quiere admitirlo. México y Canadá sostienen que el etiquetado es una recomendación de la Organización Mundial de la Salud para alertar a la población y proteger el derecho a la salud.

El asunto no es de poca monta y afecta sobre todo el mercado de bebidas azucaradas, como las gaseosas. Según la Organización Mundial de la Salud, América Latina ha superado a Estados Unidos como el mayor mercado mundial de bebidas gaseosas. Las ventas se han duplicado en nuestra región desde el año 2000. Eso ha compensado a las multinacionales que las producen ya que el consumo de refrescos en EE.UU. y los países ricos se ha reducido en gran escala en los últimos años, gracias a las campañas educativas de los gobiernos sobre los problemas de salud causados por el exceso en el consumo de azúcar.

Hace medio siglo, las cosas eran distintas. El azúcar no estaba en la lista. Según The New York Times, cinco décadas de estudios médicos acerca de la relación entre nutrición y enfermedades cardiacas pueden haber estado moldeadas por la industria azucarera durante largo tiempo.

El periódico reveló que en los años sesenta la industria del azúcar contrató a un grupo de científicos de la Universidad de Harvard para minimizar el vínculo entre el azúcar y las enfermedades cardiacas y difamar a las grasas saturadas convirtiéndolas en las culpables de la obesidad y los problemas coronarios. Sus investigaciones fueron publicadas en revistas médicas de gran prestigio.

Por esta razón, durante décadas, los médicos y los nutricionistas animaron a la gente a consumir alimentos bajos en grasa, pero con alto contenido de azúcar. Hoy, los expertos consideran esos alimentos como un factor clave en la crisis de obesidad que hay en el mundo.

Las multinacionales, como Coca Cola, arreglan estos problemas con avisos comerciales y etiquetas: “Sin azúcar”, “Sabor original”...

Nosotros, en cambio, dejamos que nuestra mesa se convierta en un campo de batalla. Olvidamos que comer es un acto íntimo y sencillo, vinculado a la supervivencia de nuestra especie, para preservar la llama de la vida.