Columnistas

LA GUERRA DE LOS FALSOS GENTILICIOS

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04 de julio de 2016

Que el fútbol es una metáfora, una alegoría y a veces una parodia o imitación burlesca, de la guerra, es casi una verdad de perogrullo. Agilísimos narradores de la radio y la televisión lo demuestran en cada partido, que presentan, así no lo quisieran, como una confrontación definitiva entre equipos barriales, regiones o países, como ha sucedido en estos días. El deporte como juego limpio y entretenimiento debería ser un factor de paz y convivencia y con el fútbol se ha insistido muchísimo en esa finalidad, aunque la malogren las indomables barras bravas y las incitaciones violentas por micrófonos y altoparlantes. La manía de degradar los encuentros a la categoría de disputas territoriales encarnizadas (incontables veces se repite la palabra territorio) es un ejemplo.

Tal representación belicista, que ha llegado a atribuirle a este deporte un carácter épico y volverlo figuración moderna de la guerra de Troya, contradice la tesis de George Steiner (en Errata, su agudo análisis de la infancia) sobre la condición del balompié como una suerte de nueva religión universal. Para el gran ensayista parece como si en estos tiempos de crisis de las certezas, de dudas sobre lo creado e inventado y por inventar, de pasmoso relativismo valorativo y legitimación global del todo vale, en el fútbol se hubiera encontrado la tabla de salvación, el asunto fundamental de culto. Sin embargo, la desviación que transforma las canchas en campos de Agramante y de batalla opone a la catalogación del fútbol como credo laico general la realidad de un deporte conflictivo, que en lugar de atenuar las rivalidades las acentúa y fuerza la conversión del que puede ser un instrumento de civilidad en motor de discordia.

Al margen de esa deformación viene al caso también el error, acerca del cual he recibido consultas de varios amigos y lectores, de confundir los gentilicios reales de los equipos con los que se han impuesto como estereotipos, con base en antecedentes históricos, geográficos y culturales, pero que no sirven para definir de modo exacto el origen de los seleccionados ni para establecer su verdadero carácter representativo. Así, no es aceptable decir, como decían antier por la radio, que Alemania es el equipo teutón, como no es carioca el de Brasil, ni es gaucho el de Argentina, ni es inca el peruano, yanky el estadinense, azteca el mexicano, guaraní el paraguayo, chibcha el colombiano. Los teutones habitaban en el Medioevo en parte del territorio alemán. Los cariocas sólo son de Río de Janeiro y no del subcontinente brasileño. El imperio inca funcionó sobre todo en el curacazgo del Cusco. Y así, en forma sucesiva. Son denominaciones que evocan historias y leyendas, utilizadas para una falsa guerra de falsos gentilicios.