La guerra que terminó en carnaval
Durante más de cuatro años los alumnos de los colegios Antonio José Camacho y Santa Librada estuvieron en guerra. El pacto era agredirse cada vez que se tropezaran en las calles. Y como se encontraban a solo tres cuadras de distancia, sus batallas campales eran permanentes.
Peleaban a puños, a pedradas, a palos. Ambos colegios están ubicados en un sector del centro de Cali frecuentado por delincuentes. Ese factor hizo que el conflicto se recrudeciera, ya que algunos violentos ajenos a la comunidad estudiantil se infiltraron entre los dos bandos en disputa.
Entre los dos colegios había una especie de frontera invisible que ninguno de los actores del conflicto respetaba. A esa calle –la 15– se le conocía con el nombre irónico de “la Franja de Gaza”.
-- ¿Por qué estaban en guerra?
-- Nunca supimos –responde César Ocoró, actual rector del colegio Antonio José Camacho.
-- ¿Nadie supo, ni de aquel lado ni de este?
-- Se decía que todo empezó cuando alguien de allá le pegó a alguien de acá, o cuando uno de acá le pegó a uno de allá, pero nunca pudimos comprobar esas habladurías.
Un día los directivos de ambos colegios decidieron intervenir. Había ya demasiados vidrios rotos y demasiados muchachos contusos como para mantenerse al margen.
-- No se presentó ni un solo muerto, pero para allá íbamos –señala Ocoró.
Lo primero fue hacerles ver a los jóvenes que su enfrentamiento era inútil. ¿A quién le servía y para qué? En vez de golpearse entre ellos, que procedían de cunas similares, debían declararle la guerra a la ignorancia que alargaba sus problemas sociales. Nunca se ha visto que alguien salga del atraso pegándole con un palo a su vecino.
Luego les recordaron que muchos profesionales en Cali habían pasado por ambas instituciones. Antonio José Camacho, en cuyo nombre fue creada la escuela donde trabaja Ocoró, estudió en el Santa Librada. Había familias donde los hijos adolescentes estaban repartidos entre los dos colegios, y también había varias parejas sentimentales divididas. Una piedra lanzada hacia el otro lado podría matar al hermano o a la novia. Entonces se les preguntó si no les parecía terrible enlutar a la propia madre –o a cualquier otra madre– por una guerra estúpida que ni ellos mismos sabían a qué se debía.
Al principio los muchachos se negaron a hacer las paces. Curiosamente, cuando eran retenidos debido a sus desmanes, terminaban revueltos en la estación de Policía. En cierta ocasión uno de ellos abrazó a alguno del bando contrario. Lloraron sin esconder los rostros, se dijeron palabras conciliadoras. De inmediato el chisme se expandió por el sector.
Entonces todos empezaron a buscar la forma de que esa reconciliación fuera duradera. Con el auspicio de la Secretaría de Educación de Cali y el liderazgo del profesor Francisco Ocampo, se creó una estrategia denominada “Calibra” (la palabra alude a “Camacho” y “Librada”, y al mismo tiempo al nombre de la ciudad).
De pronto los enemigos acérrimos comenzaron a reunirse para cantar, para actuar en obras de teatro, para jugar fútbol, y al final, cuando vieron que la paz entre ellos era ya un logro estable, armaron juntos un carnaval.
Cinco años después persiste la convivencia armónica. En todo este tiempo solo ha habido un par de lunares ajenos a la guerra entre los dos estudiantados: primero, el asesinato del profesor Francisco Ocampo, reconocido defensor de los derechos humanos. Sus colegas docentes denunciaron que, en principio, la Policía Metropolitana de Cali presentó el cadáver de Ocampo como el de un “delincuente abatido en combate”.
Y segundo, que recientemente la Personería de Cali advirtió que un 60 por ciento de 370 mil escolares de la ciudad ha sido víctima de hostigamientos violentos.
El problema sigue latente. Pero César Ocoró encuentra en el caso que llegó a final feliz ciertas conclusiones importantes: es un error creer que cuando los bandos en guerra se ponen más feroces, no hay nada que discutir. Al contrario: es cuando existen más razones para sentarse a dialogar en una mesa y ver cómo se le pone fin a la irracionalidad. Se necesita, eso sí, la voluntad de todas las partes.
Resolver un conflicto –remata– sigue siendo muy costoso, pero en todo caso menos costoso que dejarlo prosperar.