Columnistas

La hora del lobo

Loading...
23 de noviembre de 2014

El segundo aniversario de las conversaciones de paz entre el Gobierno y los guerrilleros de las Farc que se cumplió esta semana podría haber sido una celebración llena de alegría para los colombianos que todavía creemos que la mejor arma que tenemos para lograr la paz es el perdón. Sin embargo, fue un aniversario amargo.

No solo para las familias del general Rubén Alzate, la abogada Gloria Alcira Urrego, el cabo Jorge Rodríguez y los soldados Paulo César Rivera y Jhonatan Andrés Díaz —secuestrados por las Farc en Arauca y Chocó—, que a lo largo de la semana aguardaron con ansiedad el regreso de sus seres queridos.

También, para el gobierno del presidente Juan Manuel Santos, empeñado en negociar en medio del combate y cautivo de los dos discursos simultáneos —uno de paz y otro de guerra— que ha mantenido a lo largo de las conversaciones.

También, por supuesto, para los colombianos que durante los últimos días hemos sido testigos agraviados y desconcertados del asesinato de los indígenas en el Cauca y el secuestro de los soldados del Ejército cometidos por guerrilleros de las Farc.

“Los lobos están frotándose las manos. Los de las Farc y los del establecimiento, se entiende”, dijo en su columna de El Espectador la periodista Cecilia Orozco. “Encontraron la disculpa perfecta que el oficial y los guerrilleros del río Atrato les pusieron en bandeja. De dientes para afuera lloran, pero en su fuero interno ruegan que no liberen al militar para que la suspensión de la negociación en La Habana se convierta en ruptura”.

La periodista lamenta que en Colombia se desprecie “por tonto, ingenuo o flojo a quien intenta comprender los argumentos y la conducta de los demás”. Y, en cambio, “se admira, pondera y, todavía peor, elige, al que reta a los contrarios a liarse a puños, al que odia y clama venganza; al discriminador y al aniquilador. Estos depredadores abundan, por supuesto, en las Farc. Pero —qué pena, señorones blanqueados por la hipocresía social— también en el Estado”.

Me da tristeza estar de acuerdo con la periodista. Me parecieron hipócritas las muestras de pesar por el secuestro del general y los soldados y el asesinato de los indígenas de muchos de los enemigos del proceso de paz. Algunos de los más connotados no lograron ocultar por completo su entusiasmo por el posible rompimiento de las negociaciones.

Gracias a Dios hubo otras voces que opacaron los aullidos de los lobos. Entre ellas, las más conmovedoras fueron las de las víctimas. Ellas están mostrando al resto de los colombianos el camino a seguir en medio de los tropiezos con su disposición a perdonar en aras de la paz y un mejor futuro para nuestro país.

La columna de Cecilia Orozco me hizo recordar una vieja película del director Ingmar Bergman, La hora del lobo. En las tradiciones de los pueblos nórdicos de Europa, la hora del lobo es el momento entre la medianoche y el amanecer en que las fuerzas de la oscuridad son más poderosas. En los hospitales, es la hora en que mueren los agonizantes. También es la hora elegida por la mayoría de los suicidas para acabar con su vida.

En palabras de Bergman, “es la hora de la muerte de la mayoría de las personas, cuando el sueño es más profundo, cuando las pesadillas son más reales. Es la hora en la que los insomnes son perseguidos por sus miedos más profundos, cuando los fantasmas y los demonios son más poderosos”.

Pero —qué paradoja—: es también la hora en la que nacen la mayoría de los niños. Ojalá en Colombia sea la hora en que la paz renazca.