Columnistas

LA IMPUNIDAD Y LA PAZ

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08 de octubre de 2016

Amable lector. Algunas personas no creen en los milagros, ni tampoco en los santos. El domingo anterior ocurrió algo que, en términos de la razón, no ha sido ni será fácil de explicar. Lo cierto es que sucedió un hecho sobrenatural que, poco a poco, la gente comprenderá fue para bien de todos.

Gracias a los que votaron por el No, Colombia se salvó de iniciar un proceso irreversible del deterioro en todos los órdenes: legal, social y económico.

Quienes tuvieron la paciencia de leer el extenso documento de La Habana, sin mayor dificultad, deben concluir que el Estado no tendrá los recursos para satisfacer las exigencias pactadas y, de otra parte, que dicho documento sería la biblia para entronizar la anarquía, que es el medio más eficaz para llegar al modelo socialista. Tal como el que implantó en Venezuela el mejor amigo del presidente Santos.

Quizá en el afán de firmar una paz estable y duradera, se haya pasado por alto el enorme precio que habría que pagar para alcanzar este propósito. Aun, aceptando que hoy los principios éticos y morales se manejan con mayor flexibilidad, en esencia, lo que se estaba definiendo en el plebiscito era si la paz prevalecía sobre la impunidad.

Por fortuna para todos, el pueblo fue superior a quienes nos gobiernan, incluyendo buena parte de los líderes políticos, económicos, religiosos, intelectuales y medios de comunicación.

Al doctor Hugo Palacios Mejía, quien goza de ser una de las personas que mejor conoce al país, de buen criterio, de excelente desempeño en cargos públicos, tales como Banco de la Republica y el Ministerio de Hacienda, le preguntaron por qué creía que los Acuerdos de La Habana era un salto al vacío. Él, en forma breve y clara, expuso las razones mediante las cuales demuestra las consecuencias fatales de haberse aprobado dicho documento.

De momento, y un poco después, el país vivirá en una gran zozobra, a diferencia de si el resultado del plebiscito hubiera sido al contrario. Por fortuna, con el no el pueblo colombiano tendrá tiempo para de reflexionar sobre el camino que permita llegar a la paz, sin destruir los cimientos del orden democrático y conservar las bases de una economía que estimule la inversión y el trabajo.

Con el sí, en unos años más, estaríamos en una situación peor que la de nuestro país hermano, y sin petróleo. Además, los inversionistas del exterior pronto nos dejarían.

Se acaba de conocer el nombramiento de Juan Manuel Santos como el nuevo Nobel de Paz. Sin menospreciar tan importante distinción, ojalá que no sea un motivo más para radicalizar las partes. El texto de La Habana, tal como fue redactado, hará mucho más daño que bien.

Mientras encontramos la paz, hay que gobernar. Ojalá que la próxima reforma tributaria no sea algo tan irracional como la del año 2012.