La inyección elitista
Por Susana Bejarano Ruiz
Universidad EAFIT
Ciencias Políticas, 2° semestre
sbejaranor@eafit.edu.co
Es recurrente que en el mundo se hable de desigualdad, y de esta hay muchos tipos. En política, al hablar de desigualdad nos referimos a la social, la cual está relacionada con la diferencia de clases, es decir, con diferencias socioeconómicas. De aquí se infiere que hay unas clases que tienen más acceso a los bienes materiales y a las oportunidades y las otras, menos. Llamamos a las primeras, las élites o castas dominantes en el sistema de división social; y a las segundas, las castas subordinadas. Ambas están en permanente conflicto. Una constante fricción que se va exacerbando hasta que explota, caracteriza sus relaciones. Cuando esto sucede, se expresa en revueltas sociales, como respuesta de los subordinados, agotados frente al abuso de los grupos dominantes.
Ahora bien, el problema con las élites es que para pertenecer a ellas solo se logra cuando desde niño te dan ese “chuzoncito” que se recibe con la herencia de la inyección elitista. Podemos observar que, en general, las personas poderosas de una región determinada pertenecen a una misma familia que ha venido dominando a través de los años. Es hasta gracioso que las personas dominantes aleguen poseer lo que tienen gracias a su propia iniciativa y emprendimiento, y no por la “platica de sus papis”.
Esa inyección -de la que hablaba antes- tiene una dosis inmensa de ego y pretensión y solo se consigue con ella que esas familias dominantes perduren y se perpetúen en el tiempo. ¡Créanme, ya intenté averiguar si se podía comprar una dosis en la farmacia y me miraron como si estuviera loca! Esa dosis es exclusiva para los hijos de los señores elitistas, para nadie más. Por eso el elitismo es una enfermedad que se transmite de generación en generación, lastimosamente, y la relación de estos enfermos con “los otros” es como la de una plaga como el dengue, de la que no nos podemos librar. Es un bicho que trata de picarnos para infectarnos y le corremos porque no nos queremos enfermar. En esto consiste la relación entre dominados y dominantes, en un repudio invisible, pero constante, hasta que nos cansamos, nos rebelamos contra el mosquito ese y lo matamos. Sin embargo, ¿cuánto tiempo tiene que pasar para que nos atrevamos a eliminarlo de una vez por todas?.
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