La magia de los Reyes Magos
Con más vello ya en las piernas que el forzudo del circo, mi hijo Diego ha descubierto hace unas semanas que la fantasía que se encarna en la noche de los Reyes Magos la materializamos los mortales. No me consideren un ingenuo, aunque a veces lo parezca. No pretendía estirar el chicle hasta lo indecible y que el buen mozo se arrimara cada cinco de enero con voz de barítono y barba de legionario para suplicarme que acudiéramos a la gran cabalgata que se monta esa tarde por las calles de Madrid, con carrozas, cisnes, ovejas y camellos. Una fiesta en honor a la llegada de los Reyes Magos de Oriente, que acuden a su cita puntuales cada año precedidos de una cohorte de pajes y regalos. Soy consciente de que, con once años a sus espaldas, había llegado el momento. Pero me habría gustado que la magia se prolongara un poco más. La culpa de todo la ha tenido un dichoso Monopoly, el juego inmobiliario por excelencia, que descubrió el zagal oculto en el trastero mientras trataba de sacar su bicicleta entre un montón de piezas encajadas cual tetris. Y es que ese Monopoly figura en el “top 5” de su carta a los Reyes Magos de este año. Yo no sé ustedes, tanto si aguardan a Papá Noël o a los tres Magos, pero yo aún sigo esperando con ilusión que esa noche me sorprenda con su llegada el espíritu de la Navidad. Y a fe que lo hace, pues cada año se aparecen junto al árbol decenas de regalos cargados de amor y de ilusión. Porque si hay un día en el que todos volvemos a sentirnos niños es ese. Y esa debe ser nuestra aspiración, como nos recordó Jesucristo, Nuestro Señor, cuando regañó a sus discípulos por impedir que los niños se acercaran a él.
Esa es la magia implícita de esa noche, capaz de convertirnos a todos en chiquillos otra vez, aunque las lumbares nos tengan ya doblados y las rodillas renqueen por los muchos inviernos soportados.
Por eso, algunos padres somos capaces de todo para mantener vivo el espíritu de Melchor, Gaspar y Baltasar. Como ese padre, Gabriel Cruz, periodista con nombre de santo que decidió actuar después de que una profesora le revelara a su hija de 10 años que eran los progenitores los que compraban los regalos. Y es que, desgraciadamente, hay gente que disfruta haciendo el mal. Cuestionado por su hija, el padre negó la mayor, pero en estos tiempos descreídos la pequeña pidió contrastar la información en Google.
“Ahí es cuando me llevé un chasco. Al poco de escribir en el buscador: los Reyes Magos existen, las primeras entradas que aparecían eran: cómo decirle a los niños que los Reyes Magos no existen y titulares de ese tipo”, explicó Cruz. Sin que su hija llegara a percatarse de este hecho, el padre se puso manos a la obra y en un santiamén el progenitor hizo una web –losreyesmagosexisten.com– para demostrar la existencia de los Reyes Magos, la cual enseñó a su hija al día siguiente. Consiguió convencer a la niña e, incluso, hizo que volviera a creer en los Magos de Oriente.
En mi caso, he sido precavido. Ante el inminente interrogatorio que me esperaba por parte de mi hija Malena me he hecho con el whatsapp de los Reyes Magos. Y con su móvil, por descontado, que tengo guardado y he tenido que mostrar a mi fierecilla de ocho años.
A ambos les he explicado lo mismo: que la alegría, la ilusión y la bondad están en todos nosotros y que los Reyes Magos solo pretenden recordárnoslo cada Navidad. Como hicieron hace siglos, postrándose ante el niño Dios.