Columnistas

La maravilla que es el automóvil

08 de abril de 2016

Llamamos automóvil al carro, al vehículo que se mueve por sí mismo, y también que puede ser guiado para marchar por una vía sin necesidad de carriles con un motor que lo pone en movimiento.

El carro en realidad no es automóvil, pues no tiene capacidad de moverse por sí mismo. El carro no me lleva, lo llevo yo montado en él. El carro es un medio que yo tengo de transportarme por mí mismo, o por medio de un conductor.

El carro tiene el alma que el conductor le pone. Para Niki Lauda, piloto de Fórmula 1, el carro debe ser tratado como una novia. Así va con nosotros en todo el recorrido la felicidad.

Automóvil es propiamente el ser humano, que tiene el poder de moverse por sí mismo con inteligencia y con amor. Tiene la capacidad de viajar de la tierra al cielo en deslumbramiento total.

Al verdadero automóvil que es el hombre le resulta estimulante la afirmación de Confucio: “Los caminos son dos, amor y ausencia de amor”. El automóvil descubre alborozado que él es amor, que el camino es amor y que la meta es amor. El verdadero automóvil es inteligente y amoroso a la vez.

A este automóvil le resulta delicioso saber lo que dice San Agustín: “Mi amor es mi peso, él me lleva adondequiera que voy”. El amor es la fuerza irresistible que lo lleva adondequiera que va, por lo cual decide en cada momento moverse por amor. En su recorrido diario vive haciendo unidad consigo mismo, con los demás, con el cosmos y con Dios. Maravillosa unidad de automóvil y conductor.

El automóvil sintoniza admirablemente con el poeta Juan Ramón Jiménez.

Te conocí porque al mirar la huella / de tu pie en el sendero, / me dolió el corazón que me pisaste. / Corrí loco; busqué por todo el día / como un perro sin amo. / ...¡Te habías ido ya! Y tu pie pisaba / mi corazón en un huir sin término, / cual si él fuera el camino / que te llevaba para siempre”.

De asombro en asombro, sentía que el poema del poeta se convertía en el poema del lector, que soy yo, y que mi corazón se iba volviendo el camino, la carretera que lo llevaba para siempre, al automóvil de los automóviles, el Creador, en endiosamiento total.

Dios y el hombre, los verdaderos automóviles, se tanquean con la gasolina del amor.