Columnistas

LA MASCULINIDAD TÓXICA DE DONALD TRUMP

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15 de octubre de 2016

Por Jared Yates Sexton
redaccion@elcolombiano.com.co

Creciendo dentro de una familia de trabajadores de fábrica en un pueblo pequeño de Indiana, llevé una vida incierta con solo unos pocos constantes: temor de perderlo todo, frustración con un mundo fuera de control y la siempre presente necesidad de “ser hombre”, una frase que siempre llevaba consigo un aire de responsabilidad y tormento. Ser un hombre que tenía que mantener la apariencia de dureza, nunca aparentar que es débil o que está adolorido

Fue una orden que escuché de manera repetida en casa y en el pueblo, legado por mi padrastro y otros modelos. A mi padrastro le gustaba decir “los niños no lloran, llorar es para mujeres”. Uno de mis entrenadores de fútbol en la secundaria daba a jugadores heridos esta opción: “Usted es futbolista o es una niñita?”

Donald J. Trump, especialmente el Donald J. Trump que escuchamos la semana pasada en una grabación, no es nada nuevo para mí. Sus machismos, su inclinación por dividir al mundo en perdedores y ganadores, su falta de empatía hacia cualquiera distinto a él mismo, todo me recuerda a casa, y la sensación que yo tenía como niño de una sistema de privilegio que ha afligido a este país desde sus comienzos, pero que ahora parece estarse desvaneciendo.

En su estado más puro, la masculinidad es una caparazón que pretende proteger a los hombres de la desilusión y las dificultades de la vida, un autodelirio que los protege de sentirse abrumados por las probabilidades en su contra.

Trump no estaba mintiendo en el debate presidencial de esta semana cuando llamó a su conversación ofensiva “charla de vestidores”. Escuché conversaciones similares entre mis compañeros mientras se amarraban los zapatos en preparación para un partido importante. Jóvenes hombres se vanagloriaban sobre sus conquistas sexuales. El miedo apresura esta charla, miedo al dolor, miedo a la mortalidad, miedo al rechazo, y más que todo, miedo a la ineptitud.

Son los miedos de un niño, y la mayoría de los hombres los sobrepasan. Pero por varias razones, no todos lo hacen. Su masculinidad, desde ya un mecanismo de enfrentamiento, se convierte en algo tóxico.

He escuchado a hombres atacar el carácter de las mujeres usando el mismo tono que un tío mío una vez usó para hacer un llamado por la aniquilación nuclear de todo el Medio Oriente y el asesinato de todo hombre, mujer y niño árabe. He escuchado a hombres decir cosas antiamericanas y luego disculparlo todo con una de las frases preferidas de Trump: “Vivimos en el mundo real.”

Desde el 2009 hasta el 2014, mientras las tasas de mortalidad se redujeron para todos los demás americanos entre los 22 y los 56 años de edad, subieron para los blancos de mediana edad, con la mayoría de las fatalidades ocurriendo por causa de lo que los expertos llaman “muertes de desesperación”, incluyendo sobredosis de drogas, enfermedades del hígado relacionadas con el alcohol y suicidio, todas consecuencias de mecanismos de enfrentamientos poco saludables. Cada vez más hombres también están sufriendo y muriendo de enfermedades del corazón, cáncer y diabetes.

Nuestra economía ha dejado atrás a muchos de estos hombres. Según las estadísticas, los hombres blancos han cargado con algunos de los peores efectos del globalismo y la Gran Recesión, y aún sufren del mayor déficit de empleos.

Por eso es que no es sorpresa ver a los simpatizantes principales de Trump no solo aferrarse a él después de que se hizo pública la grabación, sino incluso apretar su agarre, reafirmando con camisetas misóginas y cantos en mítines. Él es lo más alejado de los hombres de clase media de mi niñez, pero sean cuales sean sus motivos por degradar a las mujeres, estos simpatizantes lo escuchan en el eco de su propia desesperación.

Aún recuerdo de niño escuchar al mismo hombre que me dijo que dejara el llanto a las niñas sollozando solo en su habitación. Mi padrastro era camionero, y después de que dejaba su camión y terminaba su turno, frecuentemente se encerraba en su habitación. Yo podía escucharlo, y podía escuchar cuando mi madre, una mujer a la cual había ridiculizado y denigrado por débil, se acercaba a él y llevaba la carga por los dos.