LA MÁXIMA NOTA Y 70 AÑOS DE ARMONÍA
¿Qué sería del ser humano sin la música? -preguntaba un buen oyente. ¿Y qué sería de la música sin las emisoras culturales, en un medio agobiado por la contaminación ruídica y el desprecio por la educación en la armonía sonora como parte inseparable de la vida diaria?
Cuando están recordándose aniversarios notables en la historia de la radiodifusión colombiana, la celebración de los setenta años de Radio Bolivariana (bodas de titanio) es un acontecimiento conmemorable. Como radiómano diurno y noctívago empedernido, aprendí a hablar por micrófono desde la adolescencia en la Emisora Cultural Universidad de Antioquia, la primera de su género instituida en el país. Luego en la estación de la UPB comencé como colaborador desde hace 46 años, los mismos que he cumplido como profesor de Comunicación Social, en un primer curso de radioperiodismo. Con los treinta alumnos de entonces me correspondió crear y realizar una decena de programas. Todavía me soportan y me escuchan. “Profe, usted es una reliquia”, me dijo una colega estudiante, creo que sin sarcasmo.
El estudio de radio, la cabina de locución, la pared de vidrio que une con la sala de control de audio, el aviso En el aire que da la orden de hablar, son elementos embrujadores. Si los radioescuchas vieran lo que no alcanzan a captar y que discurre en el interior mágico de una emisora, comprenderían mejor por qué para quienes hemos habitado en el medio radial se trata de la propagación de un prodigio. Es tarea compleja y fascinante.
Retomo el asunto inicial. En el país nuestro la educación sonora ha sido siempre inferior a la visual. Medellín, por ejemplo, ofrece a los ojos de propios y extraños un paisaje esplendoroso, colmado de verde y florecido, mientras, por el contrario, el entorno que se percibe por los oídos es antiestético, estridente, insoportable.
Es notorio ese desequilibrio paisajístico. En la educación se ha subestimado la música. Ha sido materia marginal. En naciones que nos aventajan por su nivel de cultura, la apreciación, la historia, la lectura de gramática y solfeo, el cultivo de la voz y el manejo de instrumentos es normal y corriente. Aquí es una suerte de rareza.
Lo que hemos aprendido de música, de la vida y la obra de los maestros de todos los tiempos y a identificar una pieza como clásica, se los debemos en gran parte a las emisoras culturales, a que no hacen concesiones en la selección y emisión de contenidos y no dejan que se degrade el buen gusto. En primer plano está la septuagenaria Emisora Cultural Radio Bolivariana, en AM y FM y en la internet, Universidad del aire, proyección de saberes universales y diversos, catalogada con acierto como la máxima nota.