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La mayor de todas las vergüenzas

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Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.

12 de julio de 2016

La política internacional se ha construido históricamente sobre mentiras y traiciones. Ricos que pretenden ser más ricos mientras corre a raudales la sangre de los inocentes. Potencias que imponen sus visiones de mundo sobre aliados arrodillados y colonias que, de la noche a la mañana, se transforman en campos de exterminio. Cientos de miles de muertos que son apenas estadísticas. Hay ejemplos por todo lado y a todo nivel pero, en lo que va de este atormentado siglo XXI, ninguno es tan injusto y vergonzoso como Irak.

Invadido bajo las mentiras de George W. Bush, Irak marcó el rumbo de la geopolítica contemporánea. Se destruyó un país ya destruido por Europa y masacró a una población con la excusa de la lucha contra el terrorismo y las armas de destrucción masiva que, por supuesto, nunca existieron. Entre el 2003 y el 2011, años efectivos de la incursión, los muertos civiles superaron el medio millón de personas, según las encuestas más recientes y la cantidad de desplazados por el conflicto reconfiguró las relaciones políticas entre Medio Oriente y Occidente.

Aunque son muchas las investigaciones, independientes y oficiales, que revelan el tamaño del engaño de la invasión, la semana pasada Inglaterra presentó uno más. El resultado es descorazonador. El llamado “Informe Chilcot” demostró cómo el primer ministro británico de entonces, Tony Blair, apoyó a Bush en su disparate “basado en inteligencia defectuosa” y peor aún, apoyó la invasión “con una certeza que no estaba justificada”. Dos amigos que se van a la guerra como si fueran de pesca, riendo y apretándose las manos mientras explotaba una nación entera.

Irak puede ser el próximo país en desaparecer del mapa contemporáneo. Creado bajo intereses europeos y demolido por las ambiciones estadounidenses, los ecos de su estallido llegan a todas partes. Los barcos de inmigrantes que se hunden bajo el mediterráneo o el fortalecimiento del demente califato del Estado Islámico son apenas dos de las consecuencias de la cobarde invasión.

Lo indignante (entre muchas indignaciones) es que Occidente ahora decide cerrar los ojos ante la catástrofe, construir muros y alambradas en las fronteras y continuar los bombardeos. ¡Es que no somos los salvadores del mundo!, gritan mientras se dan golpes de pecho. ¿Por qué tenemos que resolver nosotros los problemas de Medio Oriente?, se preguntan los caradura.