La Metamorfosis y Anna Karenina por primera vez
La Metamorfosis, de Kafka, es uno de los libros más impresionantes que he leído. Lo leí por primera vez cuando tenía veinticinco años y lo hice por la curiosidad que me generó el comentario de un profesor de literatura en la radio: que la lectura de ese primer párrafo era como una especie de pérdida de la virginidad. Una primera vez que te marca. Que no vuelve. Un momento que queda en ti y que de esa manera despiadada y sutil que tienen ciertas formas de arte te va definiendo sin que lo sepas.
Es cierto. La narración de La Metamorfosis vive en mí. En un lugar entre sueño y pesadilla. La mutación, el horror, lo fantástico, lo absurdo, el hombre insecto, el insecto hombre es tan real porque su gran tema es tan tabú y genera tanto rechazo como el más asqueroso de los insectos: el odio a uno mismo. Es casi inconcebible y perturbador una relación tan conflictiva y despectiva con el ser, pero es una gran realidad. Fue la de Kafka, que se volcó su desahogo en la literatura, pero es la de muchos que la encuentran incluso en la violencia. Kafka ardía en todas sus relaciones. Pero llegó a ser más que un accidente emocional marcado, pues fue una mente brillante.
El primer párrafo de La Metamorfosis me llenó de terror, de pánico a la realidad, a la posibilidad de que esa imagen del mundo interior de Kafka fuese un espejo de mi mundo interior y de la humanidad misma. La crudeza de un autor que se abre de esa forma y que da rienda suelta a sus peores miedos es como una bomba. Y leerla por primera vez es quemarse. No es que la relectura no traiga placer o descubrimiento, pero es como un primer beso, el segundo puede que sea igual de maravilloso, pero sencillamente ya no es el primero.
Hay otro momento de la literatura que cuando lo rozamos es un fenómeno, equiparable al que reproduce el Colisionador de Hadrones. Le pertenece a Leon Tolstoy y es el momento en que Anna Karenina se cruza con el conde Vronsky en la estación de tren en Moscú. No hay diálogo, ni contacto. Solo sus miradas, la expresión de sus caras, los ruidos de la estación. Es una imagen cinematográfica perfecta que se arma a través de la prosa de Tolstoy y que nos traspasa como un dardo. Tolstoy describe con tensión, con erotismo, con romanticismo, algo tan real, tan cotidiano y a la vez tan extraordinario como la génesis del amor, algo que casi parece del género fantástico. En ese momento hace Big Bang la novela y todo está sellado. Es como si no hubiera que seguir leyendo el resto para saber lo que pasará, porque Tolstoy lo carga de ironía, lo dice todo desde el comienzo, los personajes se pierden se pierden y nos perdemos con ellos.
Por qué esas primeras veces importan es difícil de precisar. Quizás es como el afloramiento de los ríos, que nacen en lugares con poca presencia, poblados de vegetación, donde la naturaleza se da toda y converge para dar nacimiento a una de sus expresiones más relevantes. Esa que comparamos con el tiempo, con el camino de la vida, que fluye hacia la inmensidad del mar, que da vida, que arrastra, que nunca se detiene. Como el alma, cuyo alimento son los libros, y así, el ser humano y su pensamiento también tienen un ciclo.
Gregorio Samsa comenzó esa mañana una travesía dentro de sí. Su alma, sus emociones eran su destino. Es un personaje que se ve a sí mismo. A Anna Karenina la ven todos, su vida se transforma en escándalo a cambio de un amor que la consume por completo. Es ella frente al mundo, frente a la sociedad. Gregorio y Anna, ambos sumisos bajo ímpetu de emociones que no son necesariamente opuestas: el odio y el amor.
La literatura es el alimento de la vida, es una fuente mágica de construcción de la identidad. No toda primera vez es la mejor, pero lo que es innegable es que es única y la base de toda futura experiencia sobre la que crecemos o nos disminuimos, quizás esa sea la magia del recuerdo.